
A las once de la noche usted sigue en el carro, en la cochera, con las luces apagadas. Hace dos semanas que lo despidieron. Nadie en su casa lo sabe aún. Pasa los días tocando puertas que no se abren y las noches al volante, repartiendo pedidos para que en la mesa no falte nada. Primero la familia, después todo lo demás. Adentro lo esperan su esposa y sus hijos, que todavía no saben todo lo que usted carga. Mañana otra vez tendrá usted que ser fuerte.
Hoy quiero hablarle a mis congéneros. Amo a mi madre y amo a mi esposa, conste. Pero ya no vivimos en la sociedad de mis abuelos, donde un hombre con poco le proveía a doce hijos, mantenía a la esposa en casa.
Mi punto es que la sociedad todavía le pide al hombre lo mismo de antes: la fuerza, el sustento, el silencio, mientras los papeles familiares se redibujan a una velocidad que pocas culturas alcanzan.
Y por eso, en la enorme mayoría de los procesos alimentarios el obligado sigue siendo el padre. La ley es neutra; la cultura no lo es.
Maquiavelo escribió en El Príncipe que los hombres juzgan más por los ojos que por las manos: cada uno ve lo que pareces, pocos saben lo que eres. Eso le pasa a usted: la calle ve al hombre fuerte; pocos ven al que reparte pedidos a las once de la noche para llegar a fin de mes.
Conviene decirlo claro, aunque parezca paradoja: la ley sí cambió. El Código de Familia, en su artículo 35 reformado en 2019, hoy obliga a ambos cónyuges a sufragar proporcionalmente los gastos del hogar según aptitudes, posibilidades e ingresos, y reconoce el trabajo doméstico no remunerado como contribución económica. El Código Procesal de Familia, que rige plenamente desde octubre de 2024, regula los procesos de pensión alimentaria sin presumir al obligado por género: lo que se mide es la capacidad económica, no la masculinidad. Lo que falta no es ley; falta cultura.
Discriminar social o legalmente al hombre por el solo hecho de ser hombre no protege a nadie.
La salida no es desmontar la protección de mujeres y niños (esa pelea está dada y bien dada).
La salida es entender que detrás de cada hombre que aguanta hay, casi siempre, una madre que lo crió esperando que saliera adelante, una esposa que confió, hijos que miran. Esa figura debilitada arrastra consigo al núcleo familiar, y la familia sigue siendo el núcleo de la sociedad.
Por eso urge que los procesos alimentarios evalúen capacidad real y no presunta, y que el sistema de salud abra una puerta de atención psicológica al hombre antes de que la única puerta que encuentre sea la del juzgado.
Sostener al hombre que sostiene la casa no es retroceso. Si la columna cae, todo lo que tenía encima cae con ella.