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Con los años me he convertido en una especie de coleccionadora de conversaciones. Colecciono charlas, momentos, historias y, especialmente, amistades. Muchas personas que han pasado por mi vida me han regalado, en una conversación aparentemente sencilla, una manera distinta de mirar el mundo. Algunas veces ha sido una frase. Otras, una experiencia. En ocasiones, incluso una opinión con la que inicialmente no estaba de acuerdo. Pero he aprendido que escuchar a los demás con verdadera atención puede convertirse en una extraordinaria forma de aprender.
Esta semana ocurrió nuevamente. Mientras continúo adaptándome a un nuevo trabajo, con procedimientos, trámites y dinámicas que necesariamente debo aprender, hice algunas consultas sobre cómo proceder ante determinadas situaciones. En uno de esos intercambios, una persona me hizo un comentario que se quedó conmigo: qué bueno resulta contar con personas con visión gerencial, capaces de aportar otra perspectiva incluso en asuntos que quizá no forman parte estrictamente de las exigencias de su puesto.
Me hizo pensar. He tenido la fortuna de ocupar posiciones en las que las decisiones, las acciones y los resultados eran muy visibles. Agradezco profundamente que algunas personas consideren que hice bien mi trabajo. Pero aquella conversación me llevó a otra conclusión; el cargo gerencial más importante que tendremos probablemente nunca aparecerá en nuestro currículum: ser gerentes de nuestra propia vida.
Porque, aunque pocas veces lo pensemos de esa manera, administramos recursos todos los días: nuestro tiempo, nuestra energía, nuestras relaciones, nuestro conocimiento, nuestro dinero, nuestras oportunidades e incluso nuestras emociones. Tomamos decisiones con información incompleta. Nos equivocamos. Rectificamos. Priorizamos. Renunciamos a unas cosas para proteger otras.
Debemos aprender cuándo insistir y cuándo cerrar un ciclo. Y, como cualquier gerente responsable, también deberíamos preguntarnos periódicamente si la dirección que llevamos realmente conduce hacia dónde queremos llegar.
Claro que nadie comienza desde el mismo punto. Todos venimos de una familia y de circunstancias particulares. Algunos recibieron desde la infancia herramientas extraordinarias: seguridad, educación, disciplina, afecto, estabilidad económica, acceso al conocimiento o buenos referentes. Otros recibieron menos. Muchas veces, nuestros padres o quienes nos criaron simplemente no pudieron enseñarnos aquello que tampoco a ellos les habían enseñado. Probablemente hicieron lo mejor que podían con las herramientas que tenían. Reconocerlo es importante.
Pero existe una pregunta todavía más importante: ¿Qué hacemos cuando descubrimos que nos faltan herramientas que no recibimos en casa? Durante mucho tiempo podemos explicar quiénes somos a partir de lo que vivimos, de lo que tuvimos o de aquello que nos faltó. Conocer nuestra historia es necesario.
Nos ayuda a comprendernos, a reconciliarnos con algunas cosas y, quizá, también a mirar con mayor compasión a quienes hicieron lo que pudieron antes que nosotros. Pero llega un momento en que comprender deja de ser suficiente, porque aquello que no recibimos también podemos aprenderlo.
Podemos buscar conocimiento. Podemos acercarnos a personas diferentes. Podemos leer, preguntar, escuchar, observar. Podemos reconocer que no sabemos algo sin sentir que eso nos hace menos. Podemos incluso desaprender algunas ideas que durante años dimos por ciertas.
Ahí vuelvo a mis conversaciones. He aprendido a escuchar con especial atención a quien sabe algo que yo todavía no sé. No para copiar su vida ni asumir que existe una receta universal para vivir, sino para ampliar mi propia caja de herramientas.
Algunas conversaciones me han confirmado cosas. Otras me han incomodado. Algunas han cambiado decisiones y otras simplemente han dejado una frase guardada que, meses o años después, finalmente cobra sentido.
Quizá también de eso se trata crecer. No de llegar a una edad en la que ya deberíamos tener todas las respuestas, sino de conservar suficiente humildad para seguir aprendiendo porque gerenciar nuestra propia vida no significa controlarla. Hay pérdidas que no escogemos, cambios que no pedimos y circunstancias que ninguna planificación pudo anticipar.
Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: asumir responsabilidad sobre aquello que sí podemos hacer con lo que nos ocurre.
Podemos comprender nuestro origen sin convertirlo en nuestro destino. Podemos agradecer lo que recibimos, reconocer lo que nos faltó y salir a buscar las herramientas que todavía necesitamos y podemos permitirnos seguir aprendiendo de los libros, de los errores, de los aciertos y, sobre todo, de las personas que encontramos en el camino.
Tal vez por eso sigo coleccionando conversaciones. Porque nunca sabemos qué persona, qué libro, qué experiencia o incluso qué error puede entregarnos una herramienta que todavía no teníamos. Y quizá gerenciar nuestra vida sea precisamente eso: entender que no podemos escoger todas las circunstancias que nos tocarán, pero sí podemos seguir aprendiendo a decidir qué hacemos con ellas.
Al final, independientemente de los cargos que ocupemos o hayamos ocupado, existe una gerencia que nunca podremos delegar: la de nuestra propia vida.