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Hay días en los que a uno se le estruja el corazón. Es una sensación extraña, difícil de explicar. Un vacío que parece instalarse al mismo tiempo en el estómago y en el pecho. A mí me pasa pocas veces, pero cuando sucede, casi siempre es porque algo importante se está moviendo por dentro.
Hoy fue uno de esos días.
Era mi primer día como Embajadora y participaba en una de las charlas introductorias de esta nueva etapa. Entre procedimientos, responsabilidades y conversaciones sobre lo que significa comenzar una vida lejos del país, alguien dijo:
—Aprovechen a comerse un tamalito ahora.
Alguien preguntó por qué.
Porque probablemente en diciembre no estaremos aquí. Las vacaciones llegarán después y comienza una época en la que tendremos que aprender a estar lejos de nuestros seres queridos y de muchas de esas pequeñas cosas que siempre dimos por sentadas.
Y ahí sentí el golpe.
No ocurrió cuando recibí el nombramiento, cuando pensé en Roma o cuando comencé a organizar el traslado.
Ocurrió con un tamal.
Porque de pronto comprendí que irse no consiste solamente en comprar un boleto y hacer una maleta. También significa comenzar a despedirse de pequeñas cosas.
Yo adoro mi país. Siempre he agradecido a Dios haber nacido en un lugar tan extraordinario. Y aunque durante años soñé con conocer otros países, descubrir culturas, escuchar otros idiomas y probar nuevos sabores, una cosa es imaginar el mundo desde casa y otra comprender que, para conocerlo, algunas veces hay que alejarse de ella.
En estos días mi casa también ha comenzado a transformarse.
He movido cosas, reorganizado espacios, pensado qué conservar, qué vender y qué dejar ir. Y mientras lo hago he descubierto que quizá no estoy solamente ordenando una casa.
Estoy haciendo espacio.
Tal vez eso sea parte de cerrar una etapa: aprender a viajar ligero. No porque lo que dejamos haya perdido valor, sino porque no podemos comenzar una vida nueva intentando llevar intacta la anterior dentro de las maletas.
Me ha ocurrido antes.
Cuando terminé el internado, la residencia o cuando salí de Casa Presidencial, sentí la necesidad de detenerme y mirar. De fijar en mi memoria los lugares, las personas y esas pequeñas escenas que parecían cotidianas hasta que comprendemos que están a punto de convertirse en recuerdos.
Como si antes de cerrar una puerta necesitara tomar una última fotografía con los ojos.
Ahora vuelvo a hacerlo. Y sería poco sincero hablar solamente de ilusión. Quiero conocer, aprender, descubrir otras maneras de mirar el mundo, caminar calles desconocidas y permitir que otras culturas amplíen mi forma de entender la vida.
Pero también me duele alejarme.
Y quizá ambas cosas puedan ser verdad y coexistir al mismo tiempo.
Hace poco escribía sobre aquellos antiguos mapas que terminaban donde comenzaba lo desconocido. Sobre la posibilidad de seguir caminando cuando se acaba el mapa.
Hoy esa idea tiene otro significado. Porque una cosa es escribir sobre el borde del mapa y otra muy distinta es encontrarse frente a él. Ahora toca caminar.
Sé que cuando regrese algunas cosas habrán cambiado. Seguramente yo también. Porque viajar verdaderamente no consiste solamente en conocer otros lugares, sino en permitir que esos lugares también nos transformen.
Por eso quiero irme ligera, dejar objetos, muebles y cosas que durante años formaron parte de mi vida para hacer espacio a nuevas experiencias, conversaciones, sabores y maneras de comprender el mundo.
Pero Costa Rica también se irá conmigo. En mi manera de hablar y de pensar, en las historias que cuente y en todo aquello que comparta. Ojalá quienes se encuentren conmigo puedan conocer, a través de esos pequeños intercambios, un pedacito del país del que vengo.
Y quizá yo también pueda crear allá un pequeño rincón que me permita sentirme cerca aun estando lejos; porque quizá el hogar nunca dependió de las cosas que dejamos dentro de una casa.
Quizá somos nosotros quienes hacemos hogar el lugar donde estamos.
Y si eso es cierto, puedo viajar ligera.
Lo verdaderamente importante ya viene conmigo: incorporado en mi mente, pero, sobre todo, en mi corazón.