Entre líneas y latidos

Mirando la puerta equivocada

Mary Munive Angermüller

Exvicepresidenta de la República y exministra de Salud

Hay puertas que no se abren porque todavía no hemos insistido lo suficiente. Y hay otras que no se abren porque nunca dependieron de nosotros. Aprender a distinguirlas puede ahorrarnos años de vida. 

Hace poco conversé con una gran profesional del área tecnológica que actualmente lidera un proyecto de alcance internacional. Me buscó para compartir una situación que enfrentaba y conocer mi perspectiva. 

La conversación terminó llevándonos mucho más allá de aquel caso particular. 

¿Qué ocurre cuando la capacidad, la experiencia y los méritos dejan de ser los únicos elementos que pesan en una decisión profesional? ¿Hasta dónde permitimos que simpatías, diferencias o situaciones personales entren en espacios donde deberían prevalecer otros criterios? 

Nos gusta pensar que podemos separar perfectamente nuestras distintas esferas. La realidad es que no siempre sucede. 

Pero aquella conversación me llevó a una pregunta todavía más difícil: ¿qué hacemos cuando somos nosotros quienes estamos del otro lado de esa decisión?

Podemos explicar, demostrar, prepararnos más, trabajar mejor y revisar nuestros propios errores. Podemos procurar actuar correctamente y tomar decisiones pensando en un bien mayor. 

Lo que no podemos hacer es administrar la conciencia de los demás. 

No podemos controlar sus simpatías, sus prejuicios, sus temores ni sus decisiones. Tampoco podemos obligar a alguien a comprender nuestra posición o reconocer nuestro valor. 

Y aceptar eso cuesta. 

Porque perseverar es una virtud, pero existe una frontera muy delgada entre luchar por aquello en lo que creemos y quedarnos atrapados tratando de demostrar que teníamos razón. 

A veces esperamos demasiado tiempo a que alguien cambie de opinión, reconozca nuestro trabajo, nos conceda un espacio o simplemente admita que se equivocó. 

¿Y si nunca ocurre? 

Tal vez entonces la pregunta deja de ser cómo hago para que esta puerta se abra y pasa a ser por qué sigo frente a ella. 

Mi propia vida me ha enseñado algo sobre los caminos que no estaban previstos. 

Quise ser médica. Mi sueño era servir a otros desde la salud. Nunca imaginé que años después la vida me llevaría hacia la política y a representar a Costa Rica desde la más alta responsabilidad sanitaria del país. 

Yo no dibujé ese recorrido. 

Muchas de las circunstancias que terminaron definiendo mi vida profesional aparecieron mientras caminaba. Algunas, incluso, después de dejar de insistir en una dirección que ya no se sentía correcta. 

Por eso he aprendido que retirarse de una batalla no siempre significa perderla. 

A veces significa comprender que ya no necesitamos ganarla. 

No sé si llamarlo destino, providencia, universo o simplemente la consecuencia imprevisible de nuestras decisiones. Desde la ciencia aprendí a desconfiar de aquello que no puede demostrarse; desde la vida, en cambio, he aprendido que no todo puede anticiparse. 

Al finalizar aquella conversación, la profesional me contó que había querido hablar conmigo después de leer algunas de estas columnas. 

Aquello me hizo pensar. 

Muchas veces escribimos, hablamos, decidimos o simplemente seguimos caminando sin saber hasta dónde llegará lo que hacemos. No sabemos cuándo una experiencia nuestra puede acompañar a alguien ni qué puede provocar una decisión que, en su momento, parecía pequeña. 

Quizá con las puertas ocurra lo mismo. 

Nos enseñaron a insistir, resistir y no rendirnos. Pero pocas veces nos enseñaron que también se necesita valentía para reconocer cuándo es momento de dejar de hacerlo. 

No todo lo que dejamos atrás es una derrota. 

Hay puertas que alguien decidió cerrarnos. Hay otras que dejaron de conducir hacia donde necesitamos ir. Y algunas, sencillamente, nunca estuvieron en nuestras manos. 

Tal vez la vida no siempre nos está pidiendo que encontremos la manera de abrirlas. Tal vez nos pide algo mucho más difícil: dejar de empujar, dar un paso atrás y volver la mirada. Porque mientras concentramos toda nuestra fuerza en aquello que no podemos abrir, podemos dejar de ver las oportunidades, los caminos y las personas que ya están frente a nosotros. 

Quizá entonces descubramos que nunca nos habíamos quedado sin camino. 

Simplemente llevábamos demasiado tiempo mirando la puerta equivocada.