Entre líneas y latidos

Cuando se acaba el mapa

Proyecto se discute en la Comisión de Asuntos Hacendarios.

Hubo un tiempo en que los mapas dejaban grandes espacios sin dibujar. El conocimiento del mundo era limitado y, más allá de las costas conocidas y de las rutas recorridas, comenzaba un territorio incierto que todavía no había sido explorado. 

Pero que algo no apareciera en el mapa no significaba que no existiera. Simplemente, nadie había llegado lo suficientemente lejos para dibujarlo. 

Quizá hacemos algo parecido con nuestra vida. 

Desde muy jóvenes trazamos mentalmente un mapa de lo que esperamos encontrar en el camino: estudiar aquello que nos apasiona, conseguir un trabajo que nos permita realizarnos, enamorarnos, construir una familia, alcanzar determinadas metas, conocer algunos lugares. Dejar una huella. 

Y comenzamos a recorrerlo. 

No siempre ocurre como lo imaginamos. Aparecen desvíos, algunas rutas se cierran y otras, inesperadas, terminan llevándonos incluso más lejos de lo que habíamos pensado. Algunas metas se alcanzan y otras simplemente dejan de tener sentido porque nosotros también cambiamos. 

Hasta que un día puede ocurrir algo extraño: llegamos al borde de todo aquello que alguna vez fuimos capaces de dibujar y descubrimos que todavía queda mucha vida por delante.

Entonces aparece la pregunta: 

¿Qué sucede cuando se acaba nuestro mapa, pero no el camino? 

Caminar por un territorio conocido siempre resulta más sencillo. Sabemos dónde estamos, reconocemos las señales y podemos anticipar buena parte de lo que encontraremos. Lo desconocido, en cambio, despierta miedo y dudas. 

Es curioso que, cuando viajamos, aceptamos esa incertidumbre con mucha mayor naturalidad. Llegamos a una ciudad que jamás hemos visitado, abrimos una aplicación en el teléfono y comenzamos a caminar. No conocemos las calles ni sabemos exactamente qué encontraremos, pero avanzamos porque existe algo más poderoso que el miedo a perdernos: las ganas de descubrir. 

Tal vez necesitamos recuperar algo de esa curiosidad para nuestra propia vida. Porque no existe una aplicación capaz de indicarnos cuál es la próxima decisión correcta. Ninguna voz nos anunciará con absoluta certeza cuándo debemos cambiar de rumbo, cuál oportunidad aceptar o qué camino nos llevará al lugar esperado.

Tenemos otras brújulas. 

La experiencia acumulada, los valores y principios que hemos construido y aquello que hemos aprendido de nuestros aciertos y errores. La capacidad de reconocer lo que nos hace bien y lo que ya no nos pertenece. Y también esa intuición que, aunque no siempre podamos explicarla racionalmente, algunas veces nos señala o nos empuja -como ha sido en mi caso en múltiples ocasiones- hacia dónde avanzar. 

Quizá crecer también consista en aprender a confiar en esas herramientas. No para caminar sin miedo, sino para comprender que sentir incertidumbre no significa necesariamente estar perdidos. Algunas veces significa simplemente que hemos llegado a un lugar donde todavía no existen caminos conocidos. 

Y eso puede ser una extraordinaria noticia. 

Porque significa que todavía existen territorios por conocer, personas por encontrar, proyectos por construir y versiones de nosotros mismos que aún no hemos descubierto. La vida no tiene por qué consistir en seguir durante décadas el mapa que dibujamos cuando éramos jóvenes. 

Tal vez consista también en tener el valor de reconocer cuándo ese mapa cumplió su propósito y agradecer los lugares a los que nos llevó. 

Ahora toca levantar la mirada y, frente a un nuevo horizonte, dibujar lo que sigue. No sabemos exactamente qué habrá más allá, pero quizá ahí esté lo extraordinario. 

Cuando se acaba el mapa, no necesariamente termina el camino. 

A veces es justamente donde comienza la aventura.