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Mary Munive Angermüller
Exvicepresidenta de la República y exministra de Salud
Poco a poco he empezado a asomarme de ese encierro autoimpuesto al que me retiré para descansar la mente, el alma y el cuerpo. Ahora, al volver a mirar hacia afuera, descubro que el mundo siguió su curso. Muchas de las situaciones que antes me preocupaban siguen ahí, algunas tan enquistadas como siempre solo que ahora las observo desde otro lugar. Ya no desde la vorágine de quien tiene que resolverlas todas, sino desde la perspectiva de una persona más que, como tantas otras, intenta construir su camino mientras enfrenta las incertidumbres de todos los días.
Y quizá por eso he pensado mucho en algo que me ocurrió durante los últimos meses de gobierno: casi sin darme cuenta, me convertí en una coleccionadora de momentos y de historias.
Tal vez fue una manera de encontrar pequeños espacios de calma en medio del trajín del día a día. Cuando mi mente estaba demasiado ocupada, escuchar la vida de alguien más me permitía salir por un instante de la mía. Mirar a través de otros ojos. Descubrir que detrás de cada persona existe una historia que desconocemos y que, a veces, una conversación aparentemente casual puede quedarse guardada hasta que la necesitamos.
Una de esas historias comenzó en un vuelo entre Costa Rica y Perú. Yo continuaría después hacia Bolivia y, por esas casualidades que parecen menos casuales con el tiempo, me correspondió sentarme junto a una señora cercana a los ochenta años. Era conversadora, espontánea y de esas personas con las que uno siente una extraña familiaridad desde el principio. Eso, para mí, no es poca cosa.
Nunca he sido particularmente buena para abrir las puertas de mi vida. Mi círculo siempre fue pequeño y el paso por la función pública, lejos de modificarlo, probablemente levantó algunas murallas más. El poder enseña muchas cosas, entre ellas el valor de la lealtad y la necesidad de aprender a distinguir quién se acerca por afecto, quién por convicción y quién simplemente porque espera algo.
El problema es que, después de un tiempo, esa necesaria prudencia puede convertirse en desconfianza y desaprenderla también forma parte de mis transiciones actuales.
Pero aquella mujer era una perfecta desconocida y, sin saber muy bien por qué, conversamos.
Me contó de sus hijos, de un divorcio, de la vida reconstruida y de un italiano que había sido su compañero durante más de treinta años. Me habló también de sus rutinas, de Costa Rica y hasta de su dificultad para encontrar amigas que compartieran sus gustos. Mientras algunas preferían las tardes de café, ella disfrutaba más de una copa de vino y unos buenos quesos; pues como dice el refrán: ‘Dios las hace y ellas se juntan’. Entre risas entendimos que compartíamos el gusto por las conversaciones largas, el buen vino y la buena mesa. Ahí supe que nos volveríamos a ver.
Intercambiamos teléfonos y prometimos encontrarnos cuando regresáramos a Costa Rica. Pasaron los meses. Una lesión suya y mis compromisos de trabajo fueron postergando el encuentro, hasta que finalmente, cerca de terminar el año, pude visitarla.
Llegué con un vino español y todavía recuerdo haber bromeado con ella diciéndole que esperaba que su esposo italiano no se ofendiera por mi elección. Entré a su hogar, esperando conocerlo, y lo conocí, pero de una manera que jamás habría imaginado. Me mostró su urna y me contó que había fallecido apenas una semana antes.
No supe qué decir. Quizá por eso hice lo mejor que podía hacer en aquel momento: escuchar. Ella habló de él con una serenidad que todavía hoy me acompaña. No negó el dolor ni intentó disfrazar la pérdida. Simplemente reconocía que aquella etapa de su vida había terminado y que, después de más de treinta años compartidos, nadie podía quitarle lo vivido. Quedaban las conversaciones, los viajes, las rutinas, las risas, la compañía y, cómo no, la buena comida y el buen vino. Quedaba una vida que había valido la pena vivir.
Salí de aquella casa pensando que había ido a visitar a una mujer que conocí por azar en un vuelo y terminé llevándome una de las lecciones más importantes de los últimos años.
Meses después, cuando atravesé mis propios momentos difíciles, recordé aquella conversación. Y ahora, cuando nuevamente me encuentro frente a decisiones importantes, vuelve a aparecer.
Tal vez por eso coleccionamos historias.
No necesariamente porque sepamos qué hacer con ellas cuando llegan. Algunas simplemente esperan, silenciosas, dentro de nosotros hasta el día en que necesitamos recuperar la perspectiva.
Estamos acostumbrados a pensar las transiciones desde aquello que perdemos: un trabajo, una relación, una posición, una rutina, una certeza, un proyecto que imaginábamos de determinada manera. Incluso los cambios que buscamos pueden doler, porque toda transición modifica nuestro statu quo y nos obliga a despedirnos de alguna versión conocida de nuestra vida.
Pero toda transición también significa que todavía tenemos posibilidades. Y entonces pienso en ella. Si alguien puede reconstruir sus días después de despedir al compañero de más de treinta años y encontrar consuelo en la certeza de haber amado, compartido y vivido, ¿cómo no agradecer nosotros un día soleado, una conversación, la salud, una nueva oportunidad o incluso el privilegio (aunque a veces nos abrume) de tener caminos entre los cuales elegir?
Quizá parte de nuestra angustia nace de querer tener garantías antes de avanzar. Queremos saber cuál decisión será la correcta, qué proyecto funcionará, qué puerta debemos abrir y cómo terminará la historia antes siquiera de comenzar a escribirla.
Pero la vida pocas veces ofrece esas certezas.
Y mientras intentamos comprender completamente el ayer o controlar lo que ocurrirá mañana, podemos olvidar que la vida está sucediendo hoy.
He pensado mucho en Viktor Frankl y en esa idea que atraviesa buena parte de su pensamiento: quizá no podamos elegir todas las circunstancias que nos toca vivir, pero sí podemos trabajar en el significado que les damos para responder ante ellas.
Quizá allí esté una de las claves de las transiciones. No se trata de negar el dolor ni de convertir cada dificultad en una frase bonita. Hay pérdidas que duelen, planes que no resultan y caminos que se cierran. Se trata de preguntarnos qué hacemos después con aquello que nos ocurrió; porque algunas experiencias pueden quedarse solamente como heridas o, con tiempo, perspectiva y decisión, pueden transformarse en propósito.
Mi amiga perdió al compañero de una vida y eligió quedarse con los más de treinta años en que sí lo tuvo. Yo todavía estoy aprendiendo qué hacer con algunas de mis propias transiciones.
Quizá esa sea la razón por la que sigo coleccionando historias. Nunca sé cuál de ellas regresará, justo cuando más necesite recordar que siempre existe una manera distinta de mirar la vida.