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Hoy voy a despedirme de mi viola. Hace muchos años que no la toco de verdad. De vez en cuando la sacaba de su estuche, casi como quien visita a una vieja amiga. No necesariamente para interpretar una pieza completa ni para comprobar si los dedos todavía recordaban exactamente dónde colocarse. A veces bastaba con verla, sostenerla y hacer sonar alguna cuerda.
Era una especie de consuelo.
Una pequeña concesión a esa parte de mí que sigue siendo profundamente artística y que, aunque la vida adulta la haya obligado muchas veces a guardar silencio, nunca ha desaparecido.
Todavía me conmueve una melodía. Todavía puedo quedarme absorta frente a determinados colores, una pintura abstracta, una interpretación magistral o una voz extraordinaria. Hay algo dentro de mí que responde inmediatamente a la belleza de colores entremezclados en un paisaje, a instrumentos danzando melodías o a presentaciones que mueven el cuerpo y el intelecto.
Esa sensibilidad comenzó a cultivarse desde muy pequeña.
Mi infancia tuvo sus complejidades. No quiero convertirlas en el centro de esta historia. Solo diré que, cuando el mundo de una niña resulta por momentos difícil de comprender, es una enorme fortuna encontrar otros mundos donde refugiarse.
Uno de ellos fue el arte.
Antes de saber explicar muchas cosas, pude representarlas, escucharlas, tocarlas y sentirlas.
El arte se convirtió en una tabla de salvación, y entre el teatro, la música y otras expresiones artísticas apareció, en algún momento, la viola. No sé exactamente por qué la escogí a ella o ella terminó escogiéndome a mí; quizás fue su sonido.
Siempre me atrajeron sus tonos más graves, esa voz menos brillante que la del violín, pero más profunda, más cercana a un susurro. Cuando la tocaba sola, ocurría algo difícil de explicar: aquel sonido parecía acomodarse en algún lugar dentro de mí.
Con los años he encontrado una manera de decirlo: era la frecuencia que necesitaba mi alma.
Y hubo dos personas fundamentales para que aquello ocurriera: Mauricio Zeledón y Lorna Castillo, mis profesores de infancia y adolescencia. Hoy pienso que, además de profesores, fueron verdaderos santos de paciencia, porque mi alma inquieta no nació ayer.
Enseñarle música a aquella niña curiosa, irreverente, dispersa, rebelde, intensa y ávida de aprender tantas cosas al mismo tiempo debió ser todo un desafío. Sin embargo, tuvieron la capacidad de hacer algo que los buenos maestros hacen extraordinariamente bien: no apagar aquella llama, sino ayudar a encauzarla.
La viola me enseñó entonces algo que después necesitaría muchas veces en la vida: disciplina, además de calma y paciencia.
Aunque debo confesar que había una parte del proceso que nunca conseguí amar: ser parte de las orquestas. Detestaba aquellas prácticas colectivas interminables. Horas y horas ensayando en conjunto cuando yo lo único que quería era estar sola con mi instrumento.
Supongo que ya desde entonces tenía cierta resistencia a aceptar que algo debía hacerse simplemente porque era “lo que correspondía”. Para mí, tocar la viola nunca fue una conversación entre una multitud. Era una conversación entre dos: la viola y yo.
Tal vez por eso conservarla durante tantos años tuvo un significado que iba mucho más allá de guardar un instrumento musical. Guardaba una parte de aquella niña y hoy voy a dejarla ir.
La donaré precisamente a la institución que durante nueve años me prestó un instrumento para que pudiera estudiar música. Durante nueve años, el Conservatorio de Castella puso un instrumento en mis manos sin saber qué iba a ocurrir con aquella niña.
Hoy, décadas después, yo puedo poner el mío en las manos de otra joven. No sé quién será: quizás un niño inquieto, quizás una niña silenciosa, quizás alguien que sueñe con convertirse en músico profesional o alguien que, como yo, termine recorriendo caminos completamente diferentes.
Eso es lo maravilloso. Porque estudiar arte no significa necesariamente convertirse en artista. A veces significa simplemente convertirse en una persona capaz de mirar el mundo con otros ojos.
La vida terminó llevándome muy lejos de aquellos salones de música y teatro. Me hice médica, madre y asumí responsabilidades que aquella niña con una viola entre las manos difícilmente habría imaginado y, sin embargo, cuando intento comprender de dónde provienen algunas de las herramientas que más me han servido para recorrer estos caminos, inevitablemente regreso al arte.
El teatro me enseñó a expresarme. La música me enseñó a escuchar y la viola me enseñó disciplina. Y el arte, en todas sus formas, me enseñó sensibilidad, me enseñó a observar, a interpretar silencios y a comprender que una misma realidad puede tener matices diferentes dependiendo desde dónde se mire.
Quizás por eso nunca he considerado mi formación artística como una etapa anterior a mi vida profesional, sino que forma parte permanente de ella.
Forma parte de la médica que soy, de la funcionaria que llegué a ser, de la madre que me esfuerzo por ser y, sobre todo, de la mujer que soy.
Por eso hoy quiero que mis hijas me acompañen a respirar esa libertad. Quiero llevarlas por aquellos pasillos sin timbres de recreos. Quiero que escuchen los instrumentos detrás de las puertas, las escalas repetidas hasta el cansancio, alguna nota equivocada, alguna melodía que empieza a tomar forma. Quiero que caminen entre corcheas, pentagramas, voces y sonidos.
Y quiero contarles que su mamá también estuvo allí. Que alguna vez fue una niña que caminó por esos mismos pasillos con una viola entre las manos y demasiadas cosas en la cabeza. Que allí encontró maestros pacientes, encontró disciplina, belleza y también, en determinados momentos, encontró refugio.
Hoy voy a entregar mi viola y sé que sentiré nostalgia. Pero también he aprendido que algunas cosas no se honran conservándolas para siempre. Se honran permitiendo que continúen su camino.
Mi viola ya cumplió una parte de su historia conmigo. Ahora le corresponde comenzar otra.
Y quizás, dentro de muchos años, alguien recuerde esos mismos pasillos y traiga a su mente aquel instrumento entre sus manos y una época de su vida en la que todavía estaba intentando descubrir quién era.
Tal vez no se convierta en músico, no importa.
Ojalá simplemente descubra lo que yo descubrí. Que, algunas veces, en medio de todo el ruido de la vida, tenemos la enorme fortuna de encontrar un sonido que parece hecho exactamente para nosotros.
Una frecuencia.
La que necesitaba mi alma.
