Entre carmelitas

Me refiero aquí a las dos Teresas, la de Ávila y la de Lisieux. Y las traigo a cuento a propósito del tema de la confianza y el temor. Lo que ellas experimentan y de lo que escriben nos puede servir para superar el temor a base del amor. Vamos a la “pequeña Teresa”, Santa […]

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Me refiero aquí a las dos Teresas, la de Ávila y la de Lisieux. Y las traigo a cuento a propósito del tema de la confianza y el temor. Lo que ellas experimentan y de lo que escriben nos puede servir para superar el temor a base del amor.

Vamos a la “pequeña Teresa”, Santa Teresita del Niño Jesús, siglo XIX. En su tiempo y en la Iglesia en general, se vivía una espiritualidad estrecha, rigurosa, que creaba dentro del ser humano temor, y hasta angustia. 

Pero su sabiduría -don del Espíritu Santo-, experiencia mística e intuición de mujer le fueron descubriendo el valor liberador y santificador del “amor cotidiano”, que puntualiza un comentarista, porque a él se llega por la “pequeña senda” de lo ordinario de cada día. Y, en ese sentido, se la puede considerar como parte del grupo de los grandes sabios que han brillado en la Iglesia a lo largo de su historia. Y esto a pesar de que nuestra santa murió a los 24 años.

Así que, con una libertad que pudo desconcertar, y aún escandalizar, a la gente de su tiempo y sobreponiéndose al complicado sistema espiritual de la época, superado el temor se echó por completo en brazos del amor, fija en el eterno y pleno presente del Dios-Amor. Gran conocedora del ser humano y sus problemas, escribe: “Cuando nos sobreviene la desesperación, suele ser porque pensamos demasiado en el pasado y en el futuro”. Parece una formulación muy simple, pero entraña una enorme verdad de consecuencias tristes y lamentables. 

Sí, nos sentimos mal, somos desdichados, sufrimos porque al pensar en el pasado nos percatamos de que no fuimos tan buenos y santos como debiéramos haberlo sido. 

Y nos adelantamos al futuro de mala manera, con angustia, porque no sabemos qué nos deparará. 

La única forma de liberarnos de la desesperación y sus consecuencias, nos viene a decir la santa, es vivir el presente, el “aquí y ahora”, ante Dios (¡eterno Presente!), envueltos en su indefectible amor. Indefectible, por incondicional, inmerecido, misericordioso. 

En estas condiciones, lo que fue y lo que será no me afectan, y no sufro por ello. Mediante el puente del amor recíproco, he llegado ya al puerto de la salvación. 

Estoy anclado en el mismo Dios. Y sólo Dios basta, que ya había afirmado la otra Teresa, la Teresa de Jesús, siglo XVI.

A ella me referiré en otro escrito, Dios mediante.

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