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María Alejandra Serrano Ramírez
Licda. en Relaciones Internacionales con Maestría en Gestión Pública
Hace un poco más de dos décadas, el acceso a la información y el uso de los teléfonos celulares ocupaban un lugar diferente en nuestra vida cotidiana. El teléfono era, principalmente, una herramienta de comunicación y, en muchos casos, su uso podía pasar a un segundo plano. Hoy, en cambio, vivimos permanentemente conectados. Las redes sociales, las plataformas digitales y los teléfonos inteligentes forman parte de nuestra rutina diaria y compiten constantemente por nuestra atención.
La tecnología ya no es algo externo a nuestra vida cotidiana: forma parte de nuestro entorno desde los primeros años. Tenemos acceso a más información que nunca, pero también hemos aprendido a consumirla con demasiada rapidez, sin detenernos a cuestionarla y comprenderla.
La rápida expansión de Internet ha hecho que la información esté disponible de manera inmediata.
Pero tener más información no significa necesariamente comprenderla mejor ni desarrollar un pensamiento más crítico, por el contrario, la velocidad con la que recibimos y consumimos contenidos, sumada a la forma en que los algoritmos seleccionan aquello que aparece frente a nosotros, puede favorecer cierta conformidad del pensamiento.
Esta transformación no solo ha cambiado la cantidad de información que recibimos, sino también la manera en que construimos nuestras propias ideas. Franklin Foer en su libro “Un Mundo sin ideas” plantea que la vida contemplativa continúa estando a nuestra libre disposición a través de nuestras propias lecciones: lo que leemos, cómo nos dedicamos al ocio y la superación personal, y en nuestra resistencia a la tentación vacía. Sin embargo, la proliferación de falsedades, teorías conspirativas y contenidos diseñados para captar nuestra atención están creando condiciones para influir en nuestra manera de pensar e interpretar la realidad. Cuando comenzamos a habitar un entorno digital construido a la medida de nuestros intereses y preferencias, este puede terminar pareciéndonos más representativo de la realidad de lo que realmente es. Mientras tanto, otras perspectivas quedan fuera de nuestro campo de atención.
La brecha, entonces, ya no consiste únicamente en quién tiene acceso a la tecnología, sino también en quién cuenta con las capacidades necesarias para comprenderla, cuestionarla y utilizarla de manera consciente.
Es ahí donde el pensamiento crítico adquiere un papel fundamental.
En una sociedad donde las redes sociales se han convertido en importantes canales de comunicación e información, la desinformación puede propagarse con rapidez y alcanzar a comunidades enteras. En medio de este flujo constante de contenidos, pensar críticamente deja de ser una habilidad deseable para convertirse en una necesidad.
No basta con estar conectados o tener acceso a información. Necesitamos aprender a cuestionarla, contrastarla y reconocer cuándo aquello que vemos busca informarnos y cuándo, simplemente, busca provocar una reacción.
La información digital forma parte de nuestra realidad y ofrece posibilidades que hace algunas décadas eran inimaginables. Pero el verdadero desafío está en no permitir que la velocidad, la cantidad de contenido y los algoritmos determinen por nosotros aquello que consideramos importante, verdadero o digno de nuestra atención.
En una época en la que los algoritmos aprenden cada vez más sobre nosotros, el mayor ejercicio de libertad será conservar la capacidad de preguntarnos por qué pensamos lo que pensamos.