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La solidaridad es un valor que poco a poco se aísla de la humanidad y más ingrato aún, la ignoramos.
Ser solidario con los demás es un sentimiento noble, una práctica que enriquece el corazón y enaltece al ser, pero lastimosamente no forma parte del quehacer de muchos, por el contrario, se ha convertido en tediosa y a algunos hasta les estorba.
Es raro pues en la quinta parte del siglo XXI, en un mundo convulso, egocentrista, donde millones de habitantes padecen carencias extremas, ni el dolor ni la clemencia han podido agudizar los sentidos y despertar este sentimiento tan íntimo, pero tan colectivo. Sin embargo, hay excepciones.
En una tribu de Sudáfrica un antropólogo que hacía estudios sobre las sociedades primitivas y con estilos de vida poco desarrollados tomó a un grupo de niños para una dinámica sencilla.
El investigador colocó una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les comentó que quien corriera más rápido y llegara primero sería el ganador absoluto del manjar.
Dispuestos a participar en la actividad y colocados en la línea de salida, el experto dio la señal para que todos corrieran. Para su sorpresa los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos hasta el premio, luego en rueda y sin excepción alguna disfrutaron de las frutas.
Consternado por el comportamiento de los pequeños miembros de la tribu, el antropólogo les preguntó por qué corrieron juntos si uno pudo haber ganado todo el canasto.
La respuesta fue más sorprendente: “Ubuntu”. El experto no tenía ni la menor idea del significado de esa palabra proveniente de la lengua zulú.
“Ubuntu” en la cultura xhosa significa solidaridad. “Yo soy porque nosotros somos”, “una persona es la razón de las otras personas”, “todo lo que es mío es para todos”, son algunas de las traducciones.
Pero la más exacta es la de Desmond Tutu, el clérigo y pacifista que luchó junto con Mandela en la década de 1980 contra el apartheid. Fue el primer negro elegido y ordenado obispo en esa nación de África.
Su definición es: “Una persona con Ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazada cuando otros son capaces y son buenos para algo, porque está segura de sí misma, ya que sabe que pertenece a una totalidad, que decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando son torturadas u oprimidas”.
Es una regla de la ética sudafricana que busca la lealtad. Por ello los niños prefirieron correr tomados de la mano en busca de las frutas, dando muestra de que la unión hace la fuerza y por ende procura el bienestar de la colectividad.
El individualismo no tiene cabida en estas tribus, a pesar de su modo de vida tan limitado.
Cuánto diéramos por que en el resto del mundo se entendiera que la solidaridad, la unión, la lealtad, la honestidad y el amor harían de cada uno un universo de dicha, un cúmulo de prosperidad. Pero la clave está en cada persona, en la decisión de girar la mirada a los demás y no al espejo, que solo da nuestro reflejo.
Estamos rodeados de gente, familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y extraños, la vida tiene propósitos que están vinculados con esas personas. Nada en el entorno pasará de forma aislada y debemos entender la importancia de las relaciones personales sanas.
Tratemos de alinearnos en el Ubuntu y aprendamos la lección que nos dan las tribus africanas en medio de sus limitaciones y lejanía con la civilización. La abundancia y la opulencia no son necesariamente condiciones para la felicidad.
Procure que este 2021 la prosperidad salga de su corazón, de su familia y de su hogar, lo demás vendrá por añadidura.