
La memoria de San Isidro Labrador, patrono de los agricultores, corresponde a una fiesta entrañable para miles de hombres y mujeres que dedican su trabajo cotidiano al honroso oficio de la producción agroalimentaria en nuestras comunidades rurales. Así, para quienes labran la tierra, la agricultura no es solo una labor; sino, un encuentro con el Creador y sus creaturas. Deviene entonces, una cultura agraria rica en tradiciones y costumbres, y para el labrador una vocación que encuentra, justamente, en San Isidro un modelo de creyente.
Al igual que San Isidro en su contexto histórico, muchos agricultores costarricenses enfrentan arduas jornadas laborales y desafíos. Como sabemos, la agricultura demanda una dedicación constante y se enfrenta a enormes retos como el cambio climático, la escasez de recursos para la producción y un mercado volátil.
Frente a la crisis del sector agroalimentario, se hace imperativo implementar políticas públicas que brinden un respiro al productor nacional. Es fundamental fortalecer el entramado productivo para descartar que algunas familias rurales abandonen la actividad productiva. Lo anterior, requiere valorar la importancia de la generación de empleo en el campo, la agroindustria y la sostenibilidad de nuestras comunidades agrícolas. De ninguna manera se les puede ignorar, mucho menos menospreciar, las autoridades del ramo han de cumplir en lo que corresponda, sembrando justicia efectiva.
Por eso, la fiesta en honor a San Isidro Labrador es una oportunidad para reflexionar respecto a las situaciones económicas, sociales, educativas, ambientales y otros asuntos, que denotan fortalezas y debilidades en las comunidades agro-productoras.
El patrono de los agricultores, canonizado hace más de cuatro siglos, conserva gran relevancia gracias a su estilo de vida, que destaca principalmente por su condición laical, característica que lo acerca a la mayoría de los cristianos; ya que Isidro no era ni clérigo ni monje, sino un hombre de familia inmerso en las labores cotidianas y los desafíos propios de la vida. Por eso, Isidro encontraba y glorificaba a Dios justamente en los ámbitos donde transcurre la vida de un cristiano, particularmente en su familia y trabajo.
En efecto, San Isidro fue un hombre dedicado a la familia junto a su esposa, Santa María de la Cabeza. En las tareas diarias, el amor conyugal facilitó la santificación familiar. Dios presente en los momentos difíciles, de gozos y esperanzas, de enfermedades y frustraciones.
En aquel hogar madrileño se reflejó un proyecto de vida compartido y solidario. Una casa de oración y escuela de amor que es fuente de inspiración y esperanza para los matrimonios.
Pedimos a san Isidro que interceda por todos los agricultores y sus familias; que puedan salir de la incertidumbre que campea nuestras comunidades agrícolas; se logre excelentes cosechas ante las condiciones climáticas adversas y un mercado justo para sus productos, por la vorágine y el egoísmo de algunos pocos comercializadores que excluyen y empobrecen.