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Franciny Leitón Víquez inicia sus días cuando aún no ha salido el sol. El reloj marca las 3 a.m. y ella se levanta para preparar a sus hijas, Sofía (de 8 años) y Nicole (de 6 años).
Las llevará a la escuela, colaborará en las tareas del hogar y saldrá a trabajar con los bueyes, esos animales que para ella son más que parte de una tradición: son parte de su vida.
Leitón no solo es madre; es boyera. Y desde Llano Grande de Cartago, donde las raíces familiares tienen tanto peso como el trabajo diario, ha logrado educar a sus hijas transmitiéndoles el orgullo por sus orígenes.
“Mis abuelitos maternos fueron boyeros, ambos. Los papás de mi abuelito fueron boyeros, los papás de mi abuelita fueron boyeros. Siempre estuve cerca de mis abuelitos, entonces nací con eso“, contó con una sonrisa.
Su oficio no es sencillo. Requiere fuerza, paciencia y un amor profundo por los animales.
“Cuidar a los animales, darles de comer, me fascina chinearlos, darles amor, trabajar con ellos, ganarme su confianza”, resume sobre su día a día. Pero a ese trabajo se suma uno aún más importante: ser madre.
Durante años se dedicó a cuidar a sus hijas a tiempo completo. Trabajaba desde su casa y, aunque sus sueños quedaron en pausa, nunca se apagaron.
La oportunidad de volver al campo llegó cuando sus hijas ingresaron a una red de cuido, y desde entonces combina con orgullo ambas pasiones.
“Tengo que ponerlas a estudiar, tengo que hacer las cosas de mi casa, entonces en los momentos que tengo libres y puedo acompañar a mi esposo, entonces yo me voy con él, incluso hay días en los que hasta mis hijas van con nosotros“.
“Este es un trabajo honrado, digno, que me llena de orgullo, y eso es lo que les enseño a mis hijas todos los días. El respeto, la humildad, es muy importante. Siento que tenemos que ser personas humildes, sencillas, orgullosas de quiénes somos y de dónde somos”, agregó.
Para Franciny, ver crecer a sus hijas en el campo ha sido una bendición. En especial, Nicole, la menor, ha heredado el amor por la tradición.
“Ellas están creciendo como me criaron a mí, rodeadas de animales y aprendiendo valores como el respeto y la humildad. Ella (Nicole) a veces pelea y llora que no quiere ir a la escuela porque ella quiere ir con papá, llevar bueyes, ella quiere ser como mamá“, cuenta entre risas.
Aun así, Franciny insiste en la importancia de estudiar, sabiendo que los sueños y la educación pueden caminar de la mano.
Su historia también está hecha de sacrificios. Durante 5 años, se dedicó por completo a la crianza de sus hijas, posponiendo sus propios sueños.
“Hubo un tiempo que tuve que trabajar desde mi casa para poder sacar adelante a mis hijas. Pero con esfuerzo, logré retomar, mi meta siempre fue tener una yunta de bueyes… y gracias a Dios después de cinco años pude hacer ese sueño realidad“, expresó con orgullo.
A pesar de los desafíos, no se detiene, y aunque ser madre no era un plan que tenía en mente a una edad temprana, fue aprendiendo en el camino.
“Cuando me di cuenta de que iba a ser mamá, fue una gran sorpresa, me llené de miedo y de muchas preguntas. No me sentía preparada. Pero con el tiempo fui aprendiendo. Esto es un aprendizaje de todos los días“, reconoce con honestidad.
Hoy, su vida representa un equilibrio entre amor, raíces y superación. En el marco del Día de la Madre, su testimonio rinde homenaje a todas aquellas mujeres que educan, enseñan y sueñan, mientras sostienen las tradiciones que le dan identidad a Costa Rica.
“No solo como mamás, sino como mujeres, somos muy capaces de muchas cosas y tenemos que sacar la fuerza y la valentía de donde no tenemos, porque al final de cuentas no solo lo hacemos por nosotras, sino por esas personitas que nos siguen detrás. No tenemos que rendirnos, tenemos que seguir para adelante”.
“Ser mamá es lo más hermoso que la vida me ha dado”, concluyó la boyera.






