El respeto que hemos perdido

Respetar significa aceptar un límite: el otro no existe para satisfacer nuestras expectativas ni ser objeto de nuestra voluntad

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Una sociedad puede conservar sus instituciones, celebrar elecciones y proclamar sus valores democráticos mientras pierde, silenciosamente, aquello que hace posible la convivencia: el respeto. Cuando el otro deja de ser alguien cuya dignidad debemos reconocer y se convierte en alguien a quien podemos despreciar, la democracia comienza a vaciarse desde dentro.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ofrece una reflexión fundamental para comprender este deterioro. Examina cómo la cultura digital transforma nuestra relación con los demás y debilita las condiciones del espacio público. Respetar significa volver a mirar; no es una mirada superficial, sino la disposición a reconocer al otro sin reducirlo a nuestros prejuicios, intereses o conveniencias.

El respeto necesita aquella distancia que permite reconocer que el otro es distinto, que no nos pertenece y que no estamos autorizados a disponer de su dignidad. Respetar significa aceptar un límite: el otro no existe para satisfacer nuestras expectativas ni para convertirse en objeto de nuestra voluntad. La sociedad contemporánea parece haber olvidado ese límite.

En las redes digitales, todo se expone, todo se juzga y todo reclama una reacción inmediata. La mirada atenta cede ante la curiosidad; la reflexión, ante el impulso; el reconocimiento, ante el espectáculo. El otro deja de ser alguien a quien comprender y se convierte en alguien a quien exhibir, ridiculizar o condenar. En este escenario, la indignación se multiplica, pero no necesariamente produce conciencia; con frecuencia, solo alimenta nuevas formas de desprecio.

La mala educación no es el problema más profundo, lo es más bien una crisis de una sociedad obsesionada con el rendimiento, la competencia y la afirmación individual. Cada persona es empujada a convertirse en una empresa de sí misma, a demostrar su valor y a conquistar atención. El resultado es una paradoja: nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, parece cada vez más difícil reconocer al otro fuera de la utilidad que pueda ofrecernos o de la amenaza que represente para nuestras convicciones.

Cuando todos compiten por imponerse, escuchar se convierte en una debilidad y reconocer un error, en una derrota. El respeto exige precisamente lo contrario: contener el ego, admitir límites y aceptar que ninguna persona posee toda la verdad. También exige pudor, esa conciencia de que no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo, ni todo lo que podemos decir justifica el daño que ocasionamos. Sin ese límite interior, la libertad se confunde con la ausencia de responsabilidad y la convivencia queda sometida a la fuerza de quien grita más alto.

El respeto no consiste en obedecer, guardar silencio ni evitar el conflicto. Una democracia necesita diferencias, controversias y confrontaciones de ideas. Pero ninguna de ellas exige negar la humanidad de quien piensa distinto. El respeto tampoco se impone mediante títulos, dinero o jerarquías. Se construye cuando reconocemos que la dignidad del otro no depende de su posición, su utilidad ni nuestra simpatía.

Por eso, recuperarlo es una tarea política, no simplemente moral. Supone reconstruir las condiciones que permiten vivir juntos sin convertir cada diferencia en una guerra y cada discrepancia en una enemistad.  Quizá la crisis de nuestro tiempo no sea que hayamos dejado de mirarnos, sino que hemos olvidado cómo hacerlo. Miramos para juzgar, para comparar, para exhibir y para imponernos. Hemos perdido la mirada que reconoce al otro como alguien que importa por sí mismo.

Sin respeto, la democracia puede conservar sus formas, pero pierde su fundamento. Porque una sociedad no es verdaderamente democrática solo cuando reconoce los derechos de las personas en sus leyes, sino cuando aprende a reconocer su dignidad en la vida cotidiana.