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Por más de 10 años, un asesino serial sembró el miedo en los barrios del sur del país, dejando una estela de horror que marcó la historia criminal de Costa Rica. Su apodo: “El Psicópata”. Su rastro: 19 víctimas, la mayoría mujeres jóvenes y menores de edad, asesinadas con precisión quirúrgica. Su identidad: un misterio que, hasta hoy, permanece sin resolver.
Diario Extra conversó con protagonistas directos de los hechos, a casi 40 años del primer crimen. Sus testimonios revelan detalles de una investigación inconclusa, marcada por el dolor, la confusión y el terror que se apoderó de comunidades enteras.
Una tragedia en Semana Santa
El 6 de abril de 1986, Domingo de Resurrección, el país se estremeció con la primera masacre atribuida al asesino. Siete mujeres, todas integrantes de una familia, fueron asesinadas a sangre fría luego de una peregrinación en la Cruz de Alajuelita: Marta Zamora (42 años), Gabriela Salas (16), Alejandra Sandí (13), Karla Sandí (12), Auxiliadora Salas (11), Karla Salas (9) y Eugenia Sandí (6).
Otto Vargas, periodista y escritor, presenció ese día trágico cuando apenas tenía 14 años. Subió a la montaña junto a su madre y hermanas para participar de una misa. En el descenso, vio a las víctimas por última vez.
“Recuerdo que mi mamá quiso comprarles café a unas señoras con unas niñas pequeñas. Ellas dijeron que solo tenían para ellas. Horas después nos enteramos de que estaban desaparecidas, y más tarde, muertas. Cuando vimos las fotos, eran las mismas que habíamos visto con el café”, narró Vargas.
El asesino utilizaba una ametralladora M-3, un arma poco común, que según expertos solo podía manejar alguien con entrenamiento militar. En 17 de los asesinatos se identificaron disparos certeros al tallo cerebral, lo que llevó a los investigadores a concluir que se trataba de alguien con preparación táctica. Ocho ataques fueron documentados oficialmente; cinco ocurrieron contra parejas en zonas solitarias.
Michael Soto, actual subdirector del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), investigó el caso en los años noventa. “Las escenas eran dantescas. Víctimas alineadas, con disparos precisos, y en algunos casos, con signos de abuso sexual. Para una Costa Rica pacífica como la de esa época, esto fue un golpe estremecedor”, explicó.
Tres pelos y viruta
En un intento por cerrar el caso, cuatro hombres conocidos como “Tres Pelos”, “Arnoldillo”, “Viruta” y “Galleta” fueron señalados como los responsables. La hipótesis se originó tras el robo de una M-3 en Heredia, y la posterior venta del arma en la Ciudadela 15 de septiembre. La presión pública llevó a la policía a enfocarse en ese grupo.
Otto Vargas entrevistó en 2006 a “Arnoldillo”, quien confesó haber sido obligado a declararse culpable. “Dijo que lo presionaron con torturas. Aceptó los cargos para librarse del acoso. Luego, vivió con miedo, estigmatizado por algo que aseguró nunca haber hecho”, recordó el periodista.
Hallazgos macabros en el Parque de la Amistad
El 14 de diciembre de 1986 desapareciero n Francis Salazar (17 años) y su novio Roberto Castro (23). Dos meses después, en febrero de 1987, scouts de la Tropa #27 hallaron en el Parque de la Amistad los cuerpos de Castro y de Guillermo Nájera, este último desaparecido días antes junto con su pareja, Damaris Rodríguez (21 años). Ella fue encontrada el 23 de febrero, y Francis Salazar el 4 de marzo, en un cafetal aledaño.
Asesinato mientras leía
Otro de los crímenes que estremeció al país fue el de Ligia Camacho, de 24 años. La joven, secretaria del Banco de Sangre, fue asesinada mientras leía en su habitación en San Miguel de Desamparados, luego de desearle las buenas noches a sus padres. Bastaron dos disparos para acabar con su vida.
El 20 de agosto de 1988, en San Vicente de La Unión, Aracelly Astúa (15 años) y Víctor Hernández (18 años) fueron emboscados en un cafetal. El ataque, sin embargo, iba dirigido a otra pareja que logró escapar. Fue ella quien describió al homicida, permitiendo al OIJ elaborar el único retrato hablado del sospechoso.
El 20 de abril de 1989, Marta Navarro y Edwin Mata (ambos de 30 años) conversaban en un Datsun 1200 cuando fueron atacados en una calle desolada entre Curridabat y La Unión. La ametralladora M-3 volvió a sonar.
Durante casi seis años, el asesino pareció haber desaparecido. Pero el 17 de marzo de 1995, Marjorie Padilla (21 años), quien regresaba del trabajo, fue atacada en Higuito de Desamparados. Alcanzó a pedir ayuda. Mary Monge y su hija Laura Hernández la asistieron. Marjorie murió horas después en el hospital.
“Me gritó: ‘Doña María, ayúdeme, me atacaron’. La llevé a mi casa. La puse en mis piernas para calmarla”, recordó Monge, entonces presidenta de una asociación comunal. Tras el crimen, su familia fue amenazada. “Me dijeron que mi hija era ‘una mujer fría’. Vivimos con miedo”.
El 25 de octubre de 1996, Ileana Álvarez (22 años) y Mauricio Cordero (24 años), una pareja con tres meses de relación, desaparecieron en Patarra de Desamparados. Días después, sus cuerpos fueron hallados enterrados.
El caso quedó abierto
Michael Soto actual subdirector del OIJ e investigador del caso relató que, aunque se quedó debiendo siempre se hizo el mayor esfuerzo para esclarecer la situación.
“Fue una experiencia enriquecedora desde el punto de vista profesional, pero desde el punto de vista humano muy dolorosa. Hay que decirlo así, el OIJ quedó debiendo con el caso debido a una serie de circunstancias, pero se hicieron los mayores esfuerzos para poder llegar hasta el final”, acotó.


