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Hay enojo en el campo, y con toda la razón. La deuda que Costa Rica arrastra con su sector agropecuario no es nueva, pero hoy duele más que nunca. Mientras miles de agricultores y ganaderos hacen lo imposible por sostener sus fincas, lo que reciben del Estado no es apoyo, es estorbo.
Quienes cultivan la tierra, quienes cuidan el ganado, quienes producen los alimentos que llegan cada día a nuestras mesas, están hartos de la burocracia interminable, de las trabas absurdas, de inspecciones sin sentido, de trámites duplicados y de promesas vacías. No hay un plan claro para el sector agrícola. Solo controles, regulaciones y un “no se puede” que se ha vuelto política de Estado. ¿De qué sirven tantos requisitos si no existe una dirección clara? ¿Para qué tantas oficinas si nadie acompaña al agricultor en su finca?
El desarrollo del agro no se decreta, se construye. Finca a finca. Codo a codo con los productores. Por eso he insistido en que el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) debe volver al terreno, a la montaña, al invernadero, al cafetal, al potrero. Porque la política agrícola no funciona desde un documento redactado en San José, muchas veces por personas que jamás han sembrado ni una mata en su patio. Se construye con quienes llevan años enfrentando solos el abandono institucional, luchando para evitar que este sector desaparezca.
Este país tiene todo para retomar su liderazgo regional: climas diversos, conocimiento acumulado, una tradición productiva sólida y gente que no se rinde. Pero si queremos competir en serio, no basta con buenas intenciones, necesitamos tecnología accesible, mejores prácticas, crédito justo, infraestructura, conectividad y, sobre todo, mercado. Porque al agricultor no le faltan ganas, le faltan compradores.
El error más grave ha sido tratar al agricultor como un problema social, como un sector al que se administra con subsidios y migajas. ¡Y eso es un error! El agro no es pobreza. El agro es economía real. Es empleo, es exportación, es encadenamiento productivo. No podemos seguir viéndolo como el hermano menor del aparato productivo.
Tenemos que ponerlo a competir, y a ganar, en lo que sabemos hacer bien, como productos diferenciados, orgánicos, con valor agregado. Ahí hay riqueza. Ahí hay país.
Para lograrlo, necesitamos un compromiso total, una visión moderna, infraestructura sólida, conectividad y un acompañamiento serio. Nada de paternalismos. Quiero que las nuevas generaciones vuelvan a ver el agro con ilusión, no con resignación. Que lo reconozcan como un sector lleno de ciencia, innovación, tecnología y futuro. Porque el agro no es pasado, es una puerta abierta para transformar este país desde la productividad y la sostenibilidad Si seguimos tratándolo como un “pobrecito”, lo condenamos al atraso eterno. Yo no quiero eso. Yo quiero que vuelva a estar al frente. Que reciba lo que se ha ganado con trabajo duro, con constancia y con dignidad.
El agro necesita aliados, no excusas. Pongámoslo a producir, a crecer, a exportar.
Los trabajadores del campo ya están listos para dar el siguiente paso. Y yo estoy lista para caminarlo con ellos.