El precio real de un cuerpo delgado

Editorial

Una investigación de Grupo Extra ha destapado en las últimas semanas una realidad que debería encender todas las alarmas del sistema de salud costarricense: en consultorios privados, farmacias y hasta en redes sociales, se está vendiendo un mercado negro de Tirzepatida y otros fármacos inyectables para bajar de peso, sin registro sanitario, sin garantías de calidad y, en muchos casos, con la complicidad de algunos profesionales de la medicina que deberían ser los primeros en protegernos.

Frascos que deberían fabricarse bajo el estricto régimen de fórmulas magistrales pensado para pacientes individuales con necesidades muy específicas se están produciendo y distribuyendo en la práctica como si fueran mercancía de bodega. Un grupo de médicos que fraccionan un solo vial para inyectar hasta diez pacientes distintos, rompiendo toda lógica de dosis individualizada y abriendo la puerta a la contaminación cruzada. Distribuidores que ofrecen “escaleras de descuento” por WhatsApp lleve 50 frascos y pague menos, más cinco de regalo como si se tratara de electrodomésticos y no de sustancias que se inyectan en el cuerpo humano. Y, como si fuera poco, análisis de laboratorio que han encontrado en estos productos bacterias, hormona tiroidea, anfetaminas y otros componentes que nada tienen que ver con lo que promete la etiqueta.

Nuestra investigación llevó a un laboratorio europeo, Nordic Laboratories, a desmentir públicamente alguna relación con los frascos que circulan en Costa Rica bajo su nombre. Es decir: además de ilegal, buena parte de este mercado es directamente falsificado. Este mismo laboratorio noruego envió una alerta al Ministerio de Salud sobre esta práctica ilegal.

Los peligros que se esconden detrás de la báscula

El riesgo aquí no es abstracto. Estamos hablando de sustancias que deben conservarse bajo cadena de frío, que deben administrarse en dosis precisas y bajo supervisión médica real, y que cuando se falsifican o se manipulan pueden provocar desde infecciones y alteraciones metabólicas hasta complicaciones cardiovasculares serias. La persona que busca una figura más delgada no está firmando un contrato con la estética: está exponiendo su salud a un producto del que, literalmente, nadie le puede garantizar qué contiene. Ese es precisamente el problema de fondo: la desesperación por bajar de peso rápido ha convertido a miles de personas en conejillos de indias de un negocio que no rinde cuentas a nadie.

La responsabilidad de las autoridades

El Ministerio de Salud y el Colegio de Farmacéuticos han emitido alertas, sí, pero las alertas llegan después de que el daño ya está circulando en clínicas y consultorios de todo el país. La pregunta que la ciudadanía tiene derecho a hacerse es simple: ¿cómo es posible que un mecanismo tan regulado como las fórmulas magistrales se haya convertido, ante los ojos de las autoridades, en la puerta trasera perfecta para vender un fármaco que no está autorizado para venta al público? La fiscalización no puede depender de que un medio de comunicación haga el trabajo que le corresponde al Estado. Se requieren controles reales sobre las farmacias y clínicas que despachan estos productos, trazabilidad de los lotes que ingresan al país, y sanciones que de verdad disuadan a quienes lucran con la salud ajena. 

La alerta pública, sin fiscalización efectiva y sin consecuencias para los responsables, es apenas un comunicado de buenas intenciones.

Cuando el médico deja de ser garantía

Pero quizás lo más grave de esta investigación es la evidencia de que no se trata únicamente de vendedores informales operando en la sombra. Hay un grupo de médicos profesionales que juraron proteger la salud de sus pacientes que conocen perfectamente los riesgos de estos productos sin registro y, aun así, los recetan y los aplican. Fraccionar un frasco pensado para una sola persona y repartirlo entre diez pacientes no es un error de buena fe: es una decisión consciente de anteponer la ganancia económica a la seguridad del paciente. Ese médico no está ejerciendo medicina; está participando de un negocio clandestino con bata blanca.

La confianza que un paciente deposita en su médico es, quizás, el activo más valioso de la relación clínica. Traicionarla por la comisión de un frasco de dudosa procedencia es una falta ética que merece la investigación y sanción de los colegios profesionales correspondientes, no solo un comunicado de alerta.

El atajo que no existe

Detrás de todo este negocio hay una obsesión cultural que vale la pena señalar sin rodeos: la idea de que bajar de peso puede y debe ser rápido, inmediato, casi mágico. Esa expectativa es la que alimenta a este mercado negro. La pérdida de peso sostenible la que de verdad cuida la salud y no solo la apariencia es un proceso lento, constante, que exige cambios de alimentación, actividad física y, cuando corresponde, un tratamiento médico legítimo, supervisado y con seguimiento real. No hay frasco de procedencia dudosa que reemplace esa disciplina, y quienes prometen lo contrario ya sea un distribuidor en WhatsApp o un médico dispuesto a mirar hacia otro lado están vendiendo una ilusión con la salud de las personas como garantía.