
Eduardo Flores Buitrago
Abogado
Es una realidad conocida por los electores costarricenses: los partidos políticos tradicionales están en declive. Mueren lentamente, y esta situación resulta inaceptable para quienes aún forman parte de esas estructuras. Durante décadas, no ofrecieron oportunidades reales a las nuevas generaciones, no renovaron sus cuadros internos a tiempo y permitieron que sus dirigentes se eternizaran en el poder.
Una de las principales causas de este fenómeno ha sido la pérdida del rumbo: el abandono de sus principios doctrinarios, la exclusión de nuevas voces y la escasa apertura a la participación militante. Todo esto ha generado un profundo desencanto ciudadano. Este mismo patrón se repite, lamentablemente, en muchos países de América Latina.
En una democracia como la que tenemos el privilegio de disfrutar, los partidos políticos son indispensables. Debe existir una pluralidad de doctrinas, colores e ideologías que permita a la ciudadanía ejercer plenamente sus derechos políticos, tanto activos como pasivos. En esta diversidad reside la esencia del sistema democrático.
Ante el desgaste de los partidos tradicionales, han surgido nuevas organizaciones políticas que han dado un gran vuelco al escenario nacional. Estas agrupaciones, modernas y con propuestas frescas, están llamadas a formar parte del próximo poder legislativo. En ellas veremos a hombres y mujeres jóvenes representando distintas corrientes ideológicas, lo que permitirá, con esperanza, una Asamblea Legislativa más plural y dinámica.
La ciudadanía exige una Asamblea que legisle con responsabilidad, promueva leyes justas y ejerza un control político firme y transparente.
Pero para que este cambio se materialice, estas nuevas fuerzas políticas deben evitar caer en el error de convertirse en simples disidencias de los partidos de siempre. Ser más de lo mismo sería un gran fracaso. Su reto es ofrecer una verdadera alternativa.
El clamor del electorado es claro: quiere un cambio. Para lograrlo, los nuevos partidos deben conquistar a los votantes con propuestas concretas, ideas renovadas y candidatos preparados. Además, deben dar a conocer a esas nuevas figuras. En el sistema actual, basado en listas cerradas, se garantiza la paridad de género, pero la mayoría de los ciudadanos desconoce quiénes integran esas listas. Esta situación sería muy diferente si contáramos también con un sistema de postulación uninominal, donde se vote directamente por nombre y apellido.
La tarea está en nuestras manos como electores: informarnos, elegir con criterio y ejercer con responsabilidad el derecho al sufragio.
Solo así lograremos una Asamblea Legislativa a la altura de los desafíos que enfrenta Costa Rica.