El lente del psiquiatra

¿Autoconmiseración… o autocompasión?

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

Se quejaba de todo, culpaba a todos. Estaba convencido de que muchos a su alrededor –familia, amigos, pareja– no querían entender el origen de su tristeza, que “no les daba la gana”. Pero, sobre todo, lograba enviar el mensaje de que, si ellos hicieran más, se esforzaran más, podrían eliminarle esa carga porque él necesitaba de ellos. Si estas expectativas no quedaban satisfechas, sus reacciones de enojo desmedido –esa cara de desaprobación, aquel gesto displicente, el comentario como dardo teledirigido, siempre doloroso– detonaba culpas en las personas cercanas, una angustia que les costaba identificar, y con la que, sin percatarse, terminaban cediendo ante esas demandas. Claro, nadie quiere sentir que es una mala persona o que deja botado a quien es –o genera la imagen de– desvalido, más si es alguien cercano y querido.

En otro escenario, una persona distinta pensaba también en el origen de su tristeza. Sabía y reconocía que a lo largo de su vida había pasado por situaciones difíciles, complejas, que habrían detonado las primeras crisis de ansiedad allá por los años de su adolescencia. Identificaba que hacía lo mejor que podía y por ello había buscado ayuda profesional. Aunque en ocasiones no lograra rendir bien en su trabajo o responder a lo que la familia esperaba de él, lidiaba bien con la culpa porque las entendía desde su contexto personal. También hacía una mirada interna de reconocer sus esfuerzos, de saber cuáles eran sus recursos y fortalezas individuales, y de responsabilizarse tanto por sus decisiones como por sus propias emociones.

¿Qué diferencia nota usted, querido lector, querida lectora, en estas dos situaciones descritas? Vuélvalas a leer con pausa, si es necesario. Permítase pensar si ha visto a alguien que actúe de una u otra manera, o si usted lo ha hecho o lo hace con frecuencia. Dese la oportunidad de reexperimentar las sensaciones que le genera cada uno de los casos: ¿enojo, pena, tristeza, deseo de superación, responsabilidad sobre sí mismo o sobre la otra persona? ¿Deseos de asumirla? ¿Alguna otra?

La primera de ellas se trata de un caso en donde existe autoconmiseración (algunos le llaman autovictimización), entre otros elementos. Me refiero a la tendencia a asumir un papel de invalidez que popularmente la gente describe como “porecito yo” o de “víctima”, en donde existe poca responsabilidad tanto por la propia condición afectiva como por el malestar que se detona en los otros. Bajo estas circunstancias típicamente existe poca capacidad introspectiva; es decir, se presenta una dificultad intensa de reconocer las propias emociones y los patrones de conducta, de analizar si son sanos y de medir las repercusiones en los seres queridos. “La culpa la tienen los otros, yo sufro por lo que hacen los demás” tiende a ser el mensaje, explícito o no. Esta persona también se ve envuelta en una trampa o círculo vicioso: al tirarle la culpa a los demás, les otorga el poder para que su vida sea dichosa o desgraciada, con lo que se refuerza la indefensión y pasividad ante el mundo. La introspección y el conocimiento implica poder y responsabilidad al mismo tiempo.

En la segunda instancia observamos una persona que analiza las circunstancias que ha enfrentado a lo largo de su vida, entiende que muchas de ellas han dejado una huella emocional por la que ha pagado un precio –en ocasiones muy grande–, pero lo asume desde la autocompasión, validando esas experiencias y la respuesta emocional, haciéndose responsable, y permitiendo no juzgarse a sí mismo –ni a los demás– cuando algo no sale como lo desea porque, al fin y al cabo, reconoce que hubo un esfuerzo propio. Este es siempre un recurso saludable a nivel emocional, adaptativo, que permite enfrentar la adversidad presente dándole un adecuado contexto al pasado.

Escribo este documento porque con frecuencia veo que las personas intercambian los significados, y tienden incluso a expresar con vergüenza cuando piensan en la autocompasión –“no me quiero autocompadecer”, con tono de desagrado–, como si de una mala acción se tratara. Si usted ha vivido alguna de estas situaciones, esta es una oportunidad para aclarar conceptos, para replantear si hay cosas que desea cambiar en su forma de relacionarse consigo mismo o con los demás, o de reafirmar lo bien que está enfrentando los retos de la vida. Si alguien cercano tiende a la autoconmiseración, converse asertivamente con esta persona, sin culparla, y de forma compasiva propóngale revisar el tema, coméntele que con recursos sanos es más fácil enfrentar la adversidad, que con ayuda siempre se pueden hacer modificaciones positivas. Si se trata del segundo caso, valídele sus esfuerzos porque en la cultura que vivimos es poco el reconocimiento que tiende a dársele a este tipo de herramientas emocionales.

Siempre, revisando, mirando hacia el interior, poniendo abajo las barreras –orgullo, culpa, enojo–, podremos vivir mejor.  

Agréganos en Google News