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El Espíritu Santo que el Señor resucitado sopló sobre los discípulos temerosos y encerrados sigue hoy dándonos aliento de vida, reuniéndonos, animándonos, consolándonos y, sobre todo, haciéndonos uno en Cristo.
En efecto, uno de los frutos más hermosos de la presencia del Espíritu Santo es la comunión. No se trata de una uniformidad impuesta, sino de una unidad en la pluralidad de dones; una armonía que respeta cada carisma y cada historia.
San Pablo es muy claro: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor” (1 Corintios 12, 4-5). El Espíritu Santo no anula nuestras diferencias, sino que las armoniza. Él no borra nuestra individualidad, sino que la integra en un todo más grande: el Cuerpo de Cristo. La comunión, entonces, es una obra divina que debemos acoger, cuidar y promover.
La comunión no nace de nuestras estrategias, ni de un acuerdo social, ni siquiera de la buena voluntad humana. Es un don de Dios. En el Evangelio de Juan, Jesús ora al Padre diciendo: “Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Juan 17, 21).
“ Que su presencia nos enseñe a escuchar con humildad, a acoger con ternura, a perdonar y a construir juntos un mundo mejor, donde todos seamos hermanos y nadie sea olvidado “
Él nos enseña a mirarnos no como rivales, sino como hermanos. Así, la comunión brota en personas humildes, con corazones dispuestos a escuchar, corregir con amor y comenzar de nuevo.
La comunión que suscita el Espíritu no es pasiva: nos impulsa a salir al encuentro del otro, a cuidar de los demás y a construir una Iglesia en la que nadie se sienta excluido ni ignorado.
Cuando pienso en los desafíos que enfrenta la Iglesia hoy, no puedo dejar de considerar la acción del Espíritu Santo, que aboga, intercede y nos conduce a la verdad plena.
El papa León XIII nos exhorta a suscitar una Iglesia en camino, abierta a la escucha, y donde todos, laicos, consagrados y ministros ordenados, compartimos la responsabilidad de anunciar el Evangelio. Por eso, es importante recordar que la sinodalidad no es simplemente una técnica de participación, sino una verdadera espiritualidad de comunión. Y esta solo es posible bajo la acción del Espíritu Santo, pues sin Él la Iglesia se convertiría en una organización humana más.
El Señor resucitado ha soplado sobre nosotros su Espíritu, no para que vivamos encerrados, sino para que aprendamos a vivir en comunión. El Espíritu no aísla; todo lo contrario, une. No separa: reúne. No endurece: ablanda y renueva.
Pidamos al Espíritu Santo, aliento de Dios vivo, que nos despierte de toda indiferencia y nos conduzca hacia una vida compartida en comunión, especialmente en un contexto de división, exclusión social, confrontación, violencia y desigualdad económica. Que su presencia nos enseñe a escuchar con humildad, a acoger con ternura, a perdonar y a construir juntos un mundo mejor, donde todos seamos hermanos y nadie sea olvidado.