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La historia de las relaciones internacionales está marcada por tensiones comerciales, crisis diplomáticas y, en muchos casos, por medidas unilaterales que generan reacciones en cadena.
El reciente anuncio del presidente Donald Trump de imponer aranceles del 10% a productos provenientes de países como Brasil, Colombia, Argentina, Chile, Perú, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Honduras y El Salvador, y de aplicar un 18% a Nicaragua, representa un nuevo episodio que debe ser abordado con madurez, inteligencia y, sobre todo, con diálogo.
Este tipo de decisiones, aunque puedan responder a políticas internas o visiones particulares de desarrollo económico, no deben asumirse como ataques personales ni como excusas para entrar en un terreno de confrontación.
La verdadera responsabilidad de los gobiernos es buscar soluciones que protejan a sus ciudadanos, a sus productores y a sus exportadores. Es aquí donde la diplomacia debe alzar la voz y tomar la delantera.
Estados Unidos ha externado, a través de su administración, la necesidad de revisar los términos comerciales que sostiene con el resto del mundo. Si bien cada país tiene soberanía para establecer sus políticas arancelarias, también es cierto que la globalización exige balances y reciprocidad.
Este momento debe verse como una oportunidad para revisar los aranceles que nuestros países mantienen hacia productos estadounidenses.
Si existe un desbalance, como asegura Washington, corresponde sentarse en la mesa de negociación y encontrar una salida justa para ambas partes.
Cada nación debe actuar con visión de Estado, con altura política y con plena conciencia del impacto económico que pueden tener estas decisiones en sus economías locales. Especialmente para países como Costa Rica, cuya economía depende en gran parte de sus exportaciones, lo importante no es entrar en disputas estériles, sino proteger al sector productivo y buscar alternativas de compensación.
España, por ejemplo, no tardó en anunciar una línea de apoyo superior a los 14.000 millones de euros para respaldar a sus exportadores ante esta situación. México, en una posición aún más delicada por su dependencia comercial con Estados Unidos, prefirió dar un paso al frente, agradecer la voluntad de diálogo del presidente Trump y anunciar 18 medidas para fortalecer su mercado interno.
La presidenta Claudia Sheinbaum no apeló al discurso beligerante, sino que optó por una ruta pragmática y firme. Ese es el tipo de liderazgo que demanda este momento.
Nuestros países deben aprender de esos ejemplos. Es urgente que cada gobierno revise internamente su situación arancelaria, escuche a sus cámaras exportadoras, articule con sus embajadas y tome decisiones responsables.
Costa Rica, en particular, debe actuar con urgencia, pero sin perder la cordura. Debe abrir canales de diálogo con la administración estadounidense y, al mismo tiempo, preparar mecanismos de apoyo para los sectores más vulnerables a este nuevo escenario.
Los cambios en la política exterior de las grandes potencias pueden ser abruptos. Pero no pueden desestabilizar nuestra visión de país ni nuestra política exterior. Más que nunca, el respeto debe prevalecer.
No se trata de atacar por atacar. Se trata de actuar con firmeza, pero también con diplomacia.
De proteger el empleo, la producción y la estabilidad económica de nuestras naciones.