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En colaboración con Francisco León
A pocos días de que el calendario vuelva a marcar ese 11 de septiembre, el eco de los aviones y el estruendo de la tierra fracturándose en Manhattan, Virginia y Pensilvania siguen resonando en el pulso del mundo.
A casi un cuarto de siglo de los atentados de 2001, las secuelas de aquel martes no pertenecen únicamente al pasado; están incrustadas en las filas serpenteantes de los aeropuertos, en el recelo geopolítico y en la memoria intacta de quienes vieron mutar la historia en cuestión de minutos.
Esa mañana, el cielo azul sobre la costa este de los Estados Unidos fue surcado por cuatro aeronaves comerciales transformadas en proyectiles con miles de galones de combustible.
Mientras el Vuelo 11 de American Airlines impactaba la Torre Norte a las 8:46 a.m., y el Vuelo 175 embestía la Torre Sur a las 9:03 a.m. frente a las cámaras del mundo, la noción de seguridad planetaria se desmoronaba tan rápido como el acero debilitado por el fuego.
A las 9:37 a.m., el Vuelo 77 golpeaba el Pentágono, y minutos más tarde, el Vuelo 93 caía en un campo abierto de Shanksville tras la rebelión de sus pasajeros. La tragedia dejó 2.977 víctimas directas, entre ellas 441 primeros respondedores que corrieron hacia el peligro.
Para quienes estuvieron atrapados en las coordenadas del ataque, la escala del evento se redujo al instinto más primitivo: sobrevivir.
Germán Salas, un joven costarricense que se encontraba visitando la capital estadounidense aquel día, guarda en su memoria el pulso de una ciudad que colapsó en segundos. Eran cerca de las 9:30 a.m. cuando caminaba por las cercanías de la Casa Blanca.
“Una oficial dentro de los jardines de la Casa Blanca nos empezó a decir: ‘Corran, corran, corran’ (…) Y yo le dije: ‘¿Pero por qué?’ Y me hace: ‘Porque América está bajo ataque’ (…) La sensación era: si me quedo, me muero”, aseguró Salas.
Salas recuerda el estruendo del impacto en el Pentágono y la masa de gente huyendo presa del pánico por las avenidas desiertas. Sin telefonía móvil ni mapas al alcance, logró llegar al edificio del Banco Mundial.
Desde las pantallas gigantes de la sala de sesiones, presenció la caída de las Torres Gemelas mientras aguardaba noticias de su padre, quien en ese mismo instante se dirigía al Pentágono creyendo que su hijo estaba en la zona del impacto.
El reencuentro horas más tarde, entre el caos y la zozobra, selló uno de los días más oscuros de su vida.
En San José, Costa Rica, la noticia paralizó el ritmo habitual del país. El entonces Presidente de la República, Miguel Ángel Rodríguez, seguía las transmisiones internacionales cuando los acontecimientos escalaron de lo insólito al terror desgarrador.
“Mi hijo había estado fuera del país y el día anterior había volado a Nueva York. Yo sabía que tenía que volar a San Francisco ese día (…) En medio de la conmoción por lo mundial y lo internacional y lo que ello significaba, entramos como papás en crisis, en miedo, tratando de ver cómo nos localizábamos“, afirmó el expresidente.
Tras confirmar que su hijo se encontraba a salvo a pocas cuadras de la Zona Cero, la prioridad del mandatario se desplazó hacia el impacto global e institucional.
Rodríguez activó canales diplomáticos y reforzó la vigilancia en infraestructuras clave, al tiempo que reconocía el inicio de un cambio sistémico en el concepto de seguridad civil que transformaría incluso la vida cotidiana de los costarricenses.
¿Cómo 19 hombres armados con navajas y cortadores de cartón lograron burlar el sistema defensivo de la mayor potencia bélica de la Tierra? Para el analista internacional Carlos Torres, la respuesta yace en la naturaleza de la guerra asimétrica y en los fallos burocráticos de inteligencia.
“Es la primera vez que la humanidad lo pudo ver todo en vivo, a todo color, y hay una pérdida de la inocencia global (…) El 11 de septiembre genera esa sensación de que nadie está seguro (…) Lo que se demostró es que se necesitaba muy poco para infligir terror, un cambio y un sismo de carácter global”, mencionó Torres.
Torres señala que las agencias norteamericanas operaban en “silos aislados”, la CIA y el FBI no cruzaban sus perfiles, lo que permitió que figuras como Mohamed Atta se desplazaran y entrenaran sin el debido rastreo.
Este colapso derivó en la reestructuración del aparato estatal estadounidense con la creación de la Dirección de Inteligencia Nacional, la TSA para los controles aeroportuarios y la polémica Ley Patriota, instaurando la era de la vigilancia biométrica y el rastreo masivo.
Mirando el acontecimiento desde la distancia que otorga el tiempo, los historiadores advierten que el 11 de septiembre no fue solo la caída de dos estructuras simbólicas, sino el catalizador de dinámicas cuyas secuelas siguen vigentes.
“Generó un efecto de pánico porque fue un evento televisado masivo donde se vulneró la seguridad de uno de los estados más poderosos. Nunca se había expuesto tanto al mundo y ante los medios de comunicación a Estados Unidos tan vulnerable”, afirmó Adriana Barrantes, historiadora y tutora de la UNED.
Barrantes destaca cómo el pánico posterior se canalizó en una narrativa antiterrorista que justificó intervenciones militares prolongadas en Afganistán e Irak, al tiempo que detonó episodios de islamofobia y polarización social.
A casi 25 años del evento, con el retorno de regímenes extremistas y la reconfiguración de los poderes mundiales, las lecciones del 11 de septiembre demandan ser revisadas no como una efeméride estática, sino como la clave de origen del convulso panorama internacional de hoy.






