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Salir de una cama de hospital para volver a enfrentarse al mundo puede ser uno de los retos más difíciles para una persona que ha sufrido una lesión medular, un accidente cerebrovascular, una amputación o enfermedades neurológicas como el Síndrome de Guillain-Barré.
En el Centro Nacional de Rehabilitación (Cenare), ese proceso se vive de una forma diferente gracias a un programa de deporte adaptado que, cada mes, beneficia a cerca de 60 pacientes y que desde hace 14 años se ha convertido en un complemento fundamental de la rehabilitación.
Lejos de limitarse al trabajo físico, la iniciativa busca fortalecer la autonomía, la confianza y el bienestar emocional de quienes permanecen hospitalizados, preparándolos para el momento en que regresen a sus hogares y retomen su vida cotidiana.
Para Patricia Vargas Ávila, jefa del Servicio de Terapias del Cenare, el mayor impacto del programa no se mide únicamente en la movilidad de los pacientes, sino en la transformación emocional que experimentan.
“Ellos vienen acá a recibir una atención integral y al poder realizar un programa como este, donde es al aire libre, comparten con otras personas que están pasando por un proceso similar y pueden darse cuenta de que, a pesar del proceso en el que están, pueden hacer muchas cosas”, destacó.
La funcionaria explicó que semanalmente participan aproximadamente 15 pacientes hospitalizados, lo que representa alrededor de 60 personas al mes, provenientes de diferentes grupos de edad y con diagnósticos muy diversos, entre ellos lesiones medulares, eventos cerebrovasculares, traumas craneales, amputaciones y Síndrome de Guillain-Barré.
Según Vargas, uno de los cambios más notorios ocurre desde la primera sesión.
“El paciente viene muy triste, no quiere participar del programa, pero con solo recibir la primera sesión el impacto positivo es diferente. Ya ellos quieren volver y preguntan cuándo habrá otra vez deporte adaptado”, relató.
Además del componente recreativo, el programa permite que las personas practiquen habilidades esenciales para desenvolverse fuera del hospital, como movilizarse en silla de ruedas sobre superficies irregulares, subir rampas, superar obstáculos o realizar actividades cotidianas con mayor independencia.
Mario Valverde González, terapeuta físico del Cenare, explicó que la iniciativa rompe con la rutina hospitalaria y ofrece un escenario completamente distinto para la recuperación.
“El simple hecho de sacar al paciente del ambiente hospitalario y traerlo a un lugar más abierto cambia anímicamente su estado. No solamente reciben beneficios físicos, sino también emocionales y psicológicos”, afirmó.
El especialista señaló que el trabajo se desarrolla en dos grandes áreas: el deporte adaptado y las actividades funcionales que preparan a cada paciente para enfrentar situaciones reales cuando reciba el alta médica.
“Entrenamos el manejo de la silla de ruedas, cómo atravesar una acera, subir una rampa o desplazarse por terreno irregular. Es ambientar al paciente a la realidad que encontrará cuando salga del hospital”, explicó.
Incluso, algunos participantes han llevado esa experiencia mucho más lejos.
“Hemos tenido pacientes que hoy forman parte de selecciones nacionales en disciplinas como baloncesto y rugby adaptado”, comentó Valverde.
El programa cuenta además con el respaldo del Comité Paralímpico Nacional. Su presidente, Andrés Carvajal Furnier, considera que incorporar la actividad física desde la etapa hospitalaria fortalece significativamente el proceso de rehabilitación.
“El hecho de vincular al paciente con la recreación y la actividad física ayuda a que ese proceso de rehabilitación sea más eficaz, porque promueve el desarrollo de habilidades y capacidades a través del movimiento”, indicó.
Asimismo, resaltó que el objetivo es que las personas continúen practicando deporte una vez que abandonen el hospital y logren integrarse a programas comunitarios o incluso al alto rendimiento.
Quienes participan en el programa coinciden en que los beneficios van mucho más allá de la recuperación física.
Precisamente, Erick Hernández, quien ingresó al Cenare tras recibir un diagnóstico de Guillain-Barré, reconoció que este espacio le ha permitido sobrellevar su padecimiento y compartir con otros pacientes.
“Me ha enseñado a poder integrarme, puedo compartir, había estado muy aislado, mentalmente bloqueado”.
Aidan, de 18 años, ingresó al Cenare tras sufrir un accidente de tránsito en motocicleta, asegura que la experiencia cambió su perspectiva.
“Esta es una actividad muy bonita porque no estamos siempre solos en la cama”, comentó.
“Yo vine pensando en poder salir caminando, aunque sea un poco”, expresó con esperanza. Andrea, quien permanece hospitalizada desde hace poco más de tres semanas tras un accidente automovilístico, destaca el valor de compartir con otras personas que enfrentan procesos similares.
“Es muy bonito porque uno aprende y escucha la historia de las otras personas. Todos tenemos una meta”, aseguró.
Su mayor anhelo también es volver a caminar, pero reconoce que el programa le ha permitido ganar independencia.
“Cuando estaba en la casa era bastante miedosilla; ahora ya tengo equilibrio, he aprendido a sentarme, a alcanzar mis cosas sola y a ser más independiente”, relató.
Elizabeth, quien quedó con limitaciones de movilidad luego de una cirugía por una hernia discal, afirma que el deporte adaptado también fortaleció su confianza.
“Desde que estoy aquí en terapia ya movilizo un poquito más las piernas y eso es una confianza para uno”, dijo.
Para ella, el aprendizaje más importante ha sido prepararse para valerse por sí misma.
“Le dan mucho soporte a uno de cómo mantenerse uno mismo y no depender de la familia”, concluyó.
Con más de una década de funcionamiento, el programa de deporte adaptado del Cenare demuestra que la rehabilitación va mucho más allá de recuperar el movimiento: también significa devolver esperanza, confianza y herramientas para construir una nueva etapa de vida.

