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En colaboración con Francisco León
Para Paul Biramontes, un costarricense que migró a Estados Unidos a los cuatro años de edad, el 11 de septiembre de 2001 comenzó como un día libre cualquiera.
Con años de servicio en la Policía de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey (Port Authority PD), se dirigía al gimnasio bajo un cielo despejado cuando una interrupción radial cambió el rumbo de la historia.
“Yo estaba en ruta al gimnasio esa mañana y cuando estoy poniendo atención al radio, hay interrupción del programa y dicen: Aparentemente, un avión cayó contra una de las torres. Yo iba manejando ahí, cuando miro para la izquierda, yendo para la ciudad, se veía la torre, estaba ya en fuego”, recordó.
Al comprender la gravedad de lo que ocurría en la jurisdicción de su departamento, dio vuelta de inmediato: “Yo di vuelta y giré para mi casa (…) empaqué una ropa, unas cosas y jalé para el aeropuerto”.
Al llegar a su puesto base en el Aeropuerto La Guardia, la tragedia escalaba rápidamente.
“Ya habían atacado la segunda torre. Y además nos enteramos de que uno de los aviones había atacado el Pentágono y otro avión se había estrellado en Pensilvania. Estábamos bajo del ataque en ese momento”, aseguró.
La claridad matutina descartaba cualquier hipótesis de accidente: “Desde el principio del primer impacto, yo sabía que algo estaba mal. Porque un día sin nubes, un día claro, puro sol, se notaba que la visibilidad para un piloto es máxima. No va a haber ninguna manera de que un piloto se vaya a estrellar contra ese edificio”.
Con la mayoría de las unidades enviadas a la Zona Cero, el aeropuerto quedó desprotegido ante la amenaza de más ataques.
Debido a su entrenamiento en armamento de alto calibre, Biramontes asumió el resguardo de la torre de control.
“Yo y otros tres policías teníamos que vaciar el terminal completo, sacar toda la gente, incluso los que son de operaciones (…) y hacemos como un perímetro de la torre para asegurar que tenientes de Air Traffic estuvieran seguros. Y ahí pasamos 22 horas dándole trabajos de seguridad con las armas pesadas”, aseguró.
Mientras custodia las instalaciones, la caída del sistema de comunicaciones agravó la incertidumbre.
“Las comunicaciones completamente fallaron. No había servicio celular, no había comunicaciones de radio. La Torre número uno era nuestra antena principal para comunicación en esa área. Entonces, al perder ese edificio, perdimos todas nuestras comunicaciones”, afirmó.
En los días posteriores comenzó el desgarrador conteo: “Al fin de los tres días ya teníamos entendido que casi 50 policías de nosotros estaban perdidos (…) Es una cosa emocional, imagínese, uno no sabe. Amigos con los que uno ha trabajado años con ellos, que fue a la academia con ellos”, mencionó.
Su departamento sufrió la pérdida más drástica de vidas durante un solo evento: 37 oficiales caídos.
Entre las víctimas figuraban compañeros muy cercanos: “Hay como cinco de ellos que trabajaron en La Guardia. Además, una cosa irónica es que tres de ellos se fueron de La Guardia a trabajar en las torres. Y eso era menos de tres meses que pasaron ahí (…) uno pensando que hace tres meses estábamos comiendo aquí almorzando o tomando un café”, comentó.
A las interminables jornadas de trabajo sin descanso, no tuvo días libres en los primeros ocho meses, se sumó una huella imborrable.
“Salimos al frente y se podía ver el humo de la torre (…) Tenía un olor tan distinto que hasta hoy me recuerdo. No sé cómo decir ese olor que tienen los escombros de esas torres, pero es un olor que cualquier persona que lo huela no se olvida (…) se le queda a uno pendiente en la mente”, recordó.
Pese al paso de los años y las secuelas en la salud de los sobrevivientes por el polvo tóxico, la herida sigue abierta.
“Ese día siempre para mí es un día supertriste (…) Esa llaga todavía está muy abierta para mí (…) Sobre el tiempo sí se ha cerrado, pero de verdad nunca se va a poder cerrar. Nunca”, aseguró.





