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En una reunión de agricultores campesinos un delegado hondureño insistía en que la declaración final se sometiera a un “corrector de estilo”. No recuerdo lo que teníamos que decir, pero supongo que se trataba de la condena a la desaparición que nos hizo el Consenso de Washington para vendernos excedentes: en lo que no importaba para nada lo que dijéramos, ni cómo lo dijéramos.
Y cuando estuve en la Asamblea Legislativa como asesor del dirigente campesino don Guido Vargas (donde gané la mitad por no estar colegiado), una diputada del PLUSC contrató a una filóloga para que puliera las perogrulladas que decía: por cierto que a esa muchacha le dieron mi lugar de parqueo, lo que provocó tamaño pleito, hasta que me dieron otro, junto al basurero. Supongo que la filóloga todavía está allí, pero eso no lo objeto porque de algo tienen que vivir.
Yo no se cómo mejora a las perogrulladas la corrección de estilo, supongo que las deshidrata todavía más. Pero me estoy acordando de la opinión de Winston Churchill sobre el discurso inaugural de un nuevo miembro del parlamento británico: “No tenía nada qué decir, y lo dijo”. Churchill era un maestro del impromptu. Una vez que se encontró con Clement Attlee en el orinal y se fue al otro extremo, Atlee le dijo: “como que me tuvieras miedo”, y Churchill le contestó: “cómo no te voy a tener miedo si cada vez que ves algo grande lo querés nacionalizar”.
Volviendo al corrector de estilo, y a la reunión de agricultores campesinos, y a la condena del libre comercio a nuestra desaparición, que es una condena al hambre eventual, sobre todo en un mundo tan inestable políticamente, y al cambio del clima, que aconseja la producción local que combate el libre comercio. El libre comercio es como el discurso filologado: no alimenta nada, no tiene sustancia. No nos salvan entonces ni las raciones K; hablando de la deshidratación de la corrección de estilo, que rinde el discurso bonito. Más bien corrongo. Lo filologa.
Yo no estoy en contra de la preparación, como se llama generalmente a la educación, y encuentro perfectamente razonable que se enseñe la filología, que nos beneficiaría a todos: aún a los que no tienen nada qué decir, pues en todo caso es mejor que lo digan bonito. Lo que estoy diciendo es que es secundario. Lo importante es tener algo qué decir; y entonces sí decirlo.