El campo sin jóvenes, un país sin futuro

Natalia Díaz Quintana Candidata presidencial del Partido Unidos Podemos

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De nada sirve hablar de crédito, tecnología, transferencia de conocimiento o apertura de mercados si no tenemos quién cultive, quién innove y quién herede la tierra. Ese es el gran peligro que hoy enfrenta Costa Rica, estamos dejando al campo sin jóvenes, y con ellos se nos escapa el futuro.

La agricultura no es solo romance y tradición; es economía real, empleo, seguridad alimentaria y competitividad. El agro sostiene comunidades enteras, mueve miles de encadenamientos productivos y puede volver a ser una de las grandes locomotoras económicas

 del país. Pero para lograrlo necesitamos a la juventud, y la verdad es que hoy la mayoría ve la actividad agrícola como un oficio de segunda categoría.

¿Y cómo no? Estudian en escuelas deterioradas, con poca conexión a internet y con programas que no les enseñan ciencia, tecnología ni innovación aplicada al agro. Crecen escuchando que el campo es sinónimo de sacrificio, pobreza y abandono estatal. Entonces, ¿qué incentivo tienen para quedarse? El resultado es más rezago, más deserción y más desigualdad. Y aunque traigamos la mejor maquinaria, diseñemos la mejor estrategia, ofrezcamos crédito y seguros y abramos mercados en el mundo, nada de eso sirve si no hay jóvenes que quieran sembrar, producir y aprovechar esas oportunidades.

Yo no quiero un país donde nacer en lo rural sea sinónimo de atraso. Quiero que la educación rural sea vista como la semilla del desarrollo. ¿Qué hacemos?

Primero, nivelar en lo básico, lectura, escritura y matemáticas son la llave del aprendizaje. Esto no se resuelve con diagnósticos ni excusas, sino con jornadas intensivas organizadas junto a maestros, municipalidades, asociaciones de desarrollo y sector privado. Ningún niño o joven rural debe quedarse atrás.

Segundo, rescatar la infraestructura escolar. No es aceptable que hoy existan más de 900 órdenes sanitarias activas en escuelas. Cada techo con gotera, cada baño dañado, es una puerta cerrada al futuro. Vamos a intervenir esas escuelas con seriedad, para que sean seguras, modernas y bonitas. Una escuela digna cambia el ánimo de toda la comunidad.

Tercero, conectar la educación rural con la vida real y con el empleo. El INA será clave, con aulas móviles, carreras útiles, horarios flexibles y programas diseñados según la realidad productiva de cada zona. Un joven de San Carlos no necesita lo mismo que uno de Tamarindo. Y aquí el INA debe trabajar junto al MAG para llevar progreso a las zonas agrícolas. 

Cuarto, abrir las escuelas como corazón de la comunidad. Jornadas extendidas con deporte, cultura, robótica y programas de habilidades para la vida. Fines de semana con bibliotecas y gimnasios abiertos para el barrio. Una escuela viva es la mejor prevención contra la violencia y el abandono.

Y quinto, un nuevo relato del agro, que lo trate como lo que es, una industria de valor agregado, de innovación y de futuro, no un “sector pobrecito”. Demostrar que con conocimiento, apoyo y herramientas adecuadas, el agro no es sinónimo de pobreza, de frustración ni de peleas infinitas contra un Estado que estorba y no ayuda.

El país no puede darse el lujo de que los hijos de agricultores huyan del campo porque solo ven atraso. Costa Rica tiene climas diversos, conocimiento acumulado y una ubicación privilegiada. Lo que falta es que los jóvenes vuelvan a creer que el agro es un lugar de orgullo y de oportunidades.

No podemos seguir posponiendo la educación rural. No es un gasto, es la inversión más inteligente que podemos hacer. Si queremos un agro fuerte, competitivo y respetado, tenemos que empezar por ahí, por la educación de quienes lo sostendrán mañana. Y desde la presidencia se puede; no necesito un proyecto de ley para darle a los jóvenes la oportunidad de volver su mirada al campo con esperanza. Ese es el siguiente paso.