El batracio y la culebra

El día estaba calmo. Hacía un calor desesperante y la sala de la casona estaba tranquila. Se observaba venir un cielo azul inmaculado con algunas nubes plomizas tenues. Todo ese paisaje natural celestial era un clásico espectáculo. Y desde la interioridad de la casa, el matrimonio conversaba y se debatían en un marasmo de cosas. […]

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El día estaba calmo. Hacía un calor desesperante y la sala de la casona estaba tranquila. Se observaba venir un cielo azul inmaculado con algunas nubes plomizas tenues. Todo ese paisaje natural celestial era un clásico espectáculo. Y desde la interioridad de la casa, el matrimonio conversaba y se debatían en un marasmo de cosas.

– Ve, amor, allá va el muchacho vendedor de espejos, le expresó la esposa a su esposo.

– Llámalo, le vamos a comprar uno, respondió el esposo.

– Sí, ya lo llamo, contestó la esposa.

Cuando estuvo el vendedor en la puerta se hizo el negocio, se compró el espejo dorado y le hicieron unos encargos para la próxima semana.

– Y ahora dónde le ponemos, dijo la esposa.

-Allí, detrás de ese librero, respondió el esposo.

Acomodaron las cosas en la casa, y cuando estaba aseada la esposa observó que un animal se movía detrás del librero. Le comunicó a su esposo y solicitaron ayuda al vecino para que les auxiliara a matar el animal. El vecino a pasos apresurados llegó casi corriendo. Entonces este, con un machete, le propinó un golpe. En ese momento el animal, que era un batracio, se convirtió en culebra. También le dio un machetazo y con tanta puntería que le cortó la cabeza. Ninguna de las dos bestias echó sangre. Así terminó la maldad y retornó la calma en el hogar.

-Da la impresión que ese era el mismo demonio, externó el vecino.

-Sí, verdad, respondió el esposo asombrado.

-Adiós, dijo el vecino.

-La maldad por ahora se fue, pero esta siempre está latente, arguyó la esposa.