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En Costa Rica, el banano es mucho más que una fruta de exportación. Es parte de nuestra vida diaria, de nuestra mesa y de nuestra historia.
Más allá de su importancia económica, este producto tiene un enorme valor social y alimentario: está presente en el desayuno de los niños antes de ir a la escuela, en la merienda de quienes trabajan largas jornadas y en la dieta de nuestros adultos mayores. Su presencia constante lo convierte en un pilar de la seguridad alimentaria del país, siendo un alimento de alta disponibilidad, accesible y nutritivo para todos.
Al ser una de las frutas que más se produce y comercializa en el país, forma parte de la canasta básica, siendo además uno de los productos frescos más económicos del mercado. Su precio bajo y estable lo hace accesible para todos los hogares, sin importar su nivel socioeconómico. Esa característica lo convierte en una herramienta clave para reducir desigualdades en la nutrición, especialmente en las familias más vulnerables.
En términos de nutrición, el banano es una joya sencilla y poderosa: aporta potasio, fibra, vitamina B6 y vitamina C. Es además una fuente de energía natural que sostiene a los niños durante sus clases, a los adultos mayores en su vida diaria y a los trabajadores agrícolas y de otros oficios que dependen de un esfuerzo físico constante.
Pero más allá de su valor en la mesa, el banano también representa soberanía alimentaria. Costa Rica no necesita importarlo, lo produce con sus propios recursos, siendo una industria que genera empleo, mueve encadenamientos productivos y sostiene comunidades rurales enteras. Cada banano que llega a nuestra mesa es también el fruto del trabajo de miles de personas que dependen de esta actividad.
No obstante, esta función estratégica está en riesgo si no se adoptan acciones que fortalezcan la resiliencia del sector. En el primer semestre de 2025 se reportó una disminución del 20,7% en las exportaciones de banano, pasando de 1.151.170 toneladas métricas en 2024 a 913.293 toneladas en 2025. Esta caída se asocia directamente a condiciones climáticas adversas, como un exceso de lluvias -1.500 milímetros acumulados en tres meses del segundo semestre de 2024-, un verano corto y la prolongación del periodo lluvioso en los primeros meses de 2025.
Estas condiciones favorecieron la propagación de la Sigatoka Negra, enfermedad que reduce la productividad al afectar el follaje. Muchos productores se vieron obligados a adelantar cosechas, lo que provocó fruta más joven y de menor grado, afectando la eficiencia de empaque y reduciendo el volumen de cajas exportables.
El mensaje es claro: si no protegemos al banano, debilitamos no solo un sector exportador, sino también un pilar de salud pública, de desarrollo rural y de soberanía alimentaria.
Hoy más que nunca, el banano debe ser tratado como lo que es: un recurso estratégico nacional. Su sostenibilidad no puede verse únicamente como un asunto agrícola; es un tema país. Protegerlo es cuidar el alimento de nuestras familias, el empleo digno en nuestras zonas rurales y un modelo productivo que ha puesto a Costa Rica en el mapa mundial. El futuro del banano es, en muchos sentidos, el futuro de nuestra gente.