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Dejamos a Jesús, maestro itinerante recorriendo ciudades y aldeas, entre ellas, Magdala, Betsaida, Corozaín, Gerasa y muy especialmente Cafarnaún. Su presencia y paso se nota en los habitantes que se les ve más esperanzados y gozosos. Y aún falta lo mejor para los enfermos, pobres y, en general, para los que sufren de cualquier modo y necesitan urgentemente consuelo y liberación. Jesús, en medio de todo, se siente feliz atendiendo a todos cuantos le siguen, que son muchos.
El Padre Larrañaga los señala así: “Allí estaban, todavía con las marcas de los grilletes en sus pies y manos, los presidiarios que habían envejecido en las cárceles, porque la prepotencia de los poderosos los había entregado a las cadenas. Allí estaban los recaudadores de impuestos, que se habían aprovechado de su cargo para esquilmar al pueblo. Allí estaban, todavía con las heridas abiertas, los que habían sido víctimas de la infamia de los miserables. Estaban también las mujeres de vida dudosa, los sordomudos y ciegos de nacimiento, los explotados por la codicia de los ricos, muchas madres con sus pequeños en los brazos, incontables enfermos, menesterosos, mendigos…”
Ha llegado el momento de hablar a la multitud agolpada a los pies de Jesús que sobresale en lo más alto de la montaña, a la que todos han llegado poco a poco y algunos con mucha dificultad. ¿Por dónde empezar? Por los pobres.
Usted puede leer en Mateo 5, 1-16, o bien, en Lucas 6,20-26 el comienzo del sermón de la montaña con las bienaventuranzas.
Dichosos los pobres, sí, en el sentido de que, al verse desprovistos de los bienes materiales, más fácilmente los comparten con los que menos tienen, y este desprendimiento les da paz y alegría.
Los pobres más fácilmente escuchan en cualquier lugar la Palabra del Padre que ofrece la verdadera y perdurable riqueza, que nada ni nadie puede robar. Entienden lo de santa Teresa: “Quien a Dios tiene, todo lo tiene; nada le falta”. Y aquello del dicho: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”.
Aparentemente, los ricos parecen dichosos, satisfechos de sí y sus bienes, pero por dentro con frecuencia son víctimas de la ambición y la codicia, la envidia, la obsesión por el “tener” y no el interés por el ser y el hacer el bien. La avaricia de su corazón les seca el cerebro, falsamente “laureado” por la adquisición de riquezas y honores, pero, en el fondo, solitarios, vacíos, tristes…
Y sordos. Lo único que oyen son sus propias palabras, es decir, las voces del vil metal. Su Dios es el dinero y, con él y su peso, se hunden en el abismo del mar amargo.
Aquí la inquietante afirmación para quien, en vez de compartir sus bienes con los necesitados y vivir con lo suficiente, se afanan en serlo: “¿Vieron alguna vez que un camello pase por el orificio de una aguja? Imposible, ¿verdad? Pues yo les digo que es más difícil que un rico entre en el Reino de Dios”.
Jesús sabía del llanto de las madres que lloran a sus hijos enfermos o muertos, de los que, por las circunstancias que sean, padecen hambre y hasta mueren por falta de comida y bebida, de los que son calumniados y perseguidos, de los maltratados de mil modos… Dichosos si son capaces de aceptar y soportar esos y otros males, mientras se esfuerzan por superarlos en la esperanza de que, en su momento, serán del todo y para siempre liberados de esos males.
Generalmente los pobres pueden ser más dados a promover la paz, fruto de la justicia y el amor, y, por eso mismo, son dichosos, y Jesús les considera especialmente hijos de Dios, parecidos a él en cuanto constructores de esa paz, la suma de todos los bienes del espíritu.
La paz no significa cruzarse de brazos y permitir que la injusticia se enseñoree sobre la debilidad de los maltratados y perseguidos por ser pacíficos y justos y promover la paz y la justicia. Al revés.
A estas alturas, el Padre Larrañaga reflexiona así: “Jesús se sentía profundamente satisfecho. Siempre consideró que su misión en este mundo era comunicar las buenas noticias a los pobres y consolar a los inconsolables. Lo había logrado en este día, y la dicha lo colmaba”.
El mismo autor pone en este final la invitación que Jesús hace a los “cansados y agobiados” a que se le acerquen y que él les dará descanso y sosiego, gracia y salvación.
El mismo Padre Larrañaga cierra el relato así: “¡Alleluia, respondió al unísono la gran concurrencia, poniéndose en pie y alzando los brazos. Después de la sesión de las curaciones, Jesús se mezcló entre aquel mundo de lisiados y menesterosos. Y fueron descendiendo lentamente del cerro, felices, mientras caía la tarde”.