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A pesar de que desde 1950 vive el mundo una onda globalizadora que ha disminuido increíblemente la pobreza, creado inimaginables riquezas y permitido un bienestar material difícil de haber soñado hace pocas décadas, Europa, Estados Unidos y segmentos de América Latina pasan por un momento de repudio al intercambio internacional de bienes, capitales y personas.
También en nuestra tierra muchos vituperan la apertura comercial, la inmigración y la inversión extranjera.
Sin embargo, nuestra historia y la teoría nos enseñan que dependemos de la globalización.
Somos un país muy chiquitico. Nuestra población es solo el 0,067% de la del mundo. Nuestro territorio es solo el 0,034% de la tierra emergida del planeta. Nuestro PIB es solo el 0,07% de la producción final de bienes de todos los países.
La capacidad de ser eficientes depende de la posibilidad de especializarnos, para poder adquirir y bien administrar conocimientos y destrezas, y mediante el intercambio disfrutar de altos y crecientes niveles de bienestar material.
Esas dos realidades, a mi modo de ver indiscutibles, hacen que dependamos de poder integrarnos al mundo para poder desarrollarnos mediante el intercambio internacional. Eso es así, aunque cundan dudas sobre la globalización.
En los años posteriores a 1950 el mundo ha vivido un periodo de acelerado crecimiento de los intercambios a través de las fronteras nacionales. El porcentaje de migrantes respecto a la población del mundo, y el porcentaje de las exportaciones sobre el PIB mundial son ya mayores a los niveles alcanzados durante la ola de globalización acelerada que se extendió desde 1870 hasta la Primera Guerra Mundial. Y el capital extranjero acumulado respecto al PIB de los países en desarrollo, está cerca de llegar al nivel entonces alcanzado.
Nuestro progreso ha estado íntimamente ligado a la apertura comercial, a la capacidad de penetrar en los mercados externos, a la migración y a la atracción de capitales extranjeros.
A lo largo de nuestra historia, el café, el banano, el Mercado Común Centroamericano, la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, los nuevos productos agrícolas, las zonas francas, los tratados de libre comercio, el turismo y la exportación de servicios, han sido los instrumentos que nos han permitido superar nuestra pequeñez y crecer y disfrutar más que nuestros vecinos.
Pero la tarea está lejos de completarse, tenemos mucha pobreza, gran desempleo y las familias de clase media no se sienten satisfechas con lo alcanzado. Debemos crecer más y para ello debemos incrementar nuestro intercambio con el mundo, siendo más eficientes y contando con una fuerza laboral más capacitada.
A quienes no han alcanzado el bachillerato debemos con el INA y entes privados que puedan impartirles formación, prepararlos con conocimientos y con prácticas para incorporarse a la economía formal. A las personas que ya han obtenido su bachillerato si no están preparándose en las universidades, hay que ofrecerles idiomas y carreras cortas para que puedan disfrutar de mejores posibilidades laborales.
Simplificando la tramitología, transformando nuestros servicios públicos para que sean más eficientes y menos embarazosos, y desarrollando nuestra infraestructura debemos permitir que aumente la productividad.
Y así nuestra pequeñez sería nuestra fortaleza para poder seguir penetrando los mercados mundiales a pesar de que se generalice el ánimo antiglobalización.