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El regreso de Semana Santa sorprendió a los costarricenses con noticias con titulares como: “Registra Costa Rica 43 muertos durante Semana Santa”, “Más de 1.900 personas pidieron auxilio al 9-1-1 por violencia intrafamiliar en Semana Santa”, “Policía sacó de las calles durante la Semana Santa un arma cada 3 horas”, “Tránsito detuvo a más conductores ebrios esta Semana Santa”, entre otros. Estas noticias resultan alarmantes y sin lugar a dudas han despertado la preocupación de la ciudadanía.
Solamente el Domingo Santo murieron 5 personas; por su parte la Fuerza Pública reportó un total de 125 capturas; lo que se supone debió ser una semana de reflexión (independientemente de la religión que se profese), se convirtió en todo lo contrario; fue una semana cargada de peligro, violencia y muerte. Estos hechos nos deben invitar a reflexionar sobre ¿qué está pasando con nuestro país? Y es en este punto donde me quiero detener, pues probablemente existen una multiplicidad de factores que desencadenan la violencia vivida, pero me quisiera enfocar en el consumo de alcohol.
La Policía de Tránsito elaboró más boletas a conductores en estado de ebriedad y por irrespeto a la velocidad durante la Semana Mayor, en total se realizaron 7.949 multas, cantidad superior a la del año pasado, asimismo, 92 conductores tuvieron que acudir a los Tribunales de Justicia por conducir en estado de ebriedad, es decir, 18 más que en el 2014
Si todos estos datos resultan preocupantes, pensemos cuál puede ser el costo real para las autoridades en salud, el sistema judicial, Cruz Roja e incluso para familiares de las víctimas; solo para citar algunos ejemplos de quienes se ven afectados de una u otra manera por el consumo de alcohol en carreteras. Implicaría aumentar la alarma por la situación tan delicada vivida en nuestro país.
La Organización Mundial de Salud (OMS), en su Informe Mundial de Situación sobre Alcohol y Salud del año 2014, señala que cada año en el mundo mueren alrededor de 3,3 millones de personas como consecuencia del consumo nocivo de alcohol, lo cual representa un 5,9% del total de todas las defunciones; indica a su vez que el uso nocivo de alcohol es un factor causal en más de 200 enfermedades y trastornos. A estos datos debe sumársele que el consumo nocivo de alcohol provoca defunción y discapacidad a una edad relativamente temprana, en el grupo etario de 20 a 39 años, lo cual evidentemente impacta en la productividad de cualquier país. Además, en el citado informe se menciona que más allá de las consecuencias sanitarias, la ingesta excesiva provoca pérdidas sociales y económicas importantes tanto para las personas como para la sociedad.
Como ciudadanos responsables debemos estar al tanto de las consecuencias del consumo nocivo de alcohol, cuáles son las enfermedades que puede generar, el daño que podemos realizar a personas inocentes, y no invisibilizar un problema que ha venido creciendo como una bola de nieve; ya que un breve rato alegre, se puede convertir en un verdadero trago amargo.
Debe existir claridad, respecto a que el alcohol es una sustancia psicoactiva, con propiedades causantes de dependencia, que su consumo nocivo implica una enorme carga para cualquier sociedad. El hecho de ser una droga lícita, no le resta su esencia de ser una droga y por ende tener efectos nocivos para la salud.
El consumo de alcohol es un flagelo social, que nos afecta a todos, causa pérdidas económicas y sociales, provoca dolor y sufrimiento a quienes pierden a sus seres queridos, en manos de conductores inconscientes e irresponsables. Es urgente concientizar sobre el tema, pues nadie está exento de su potencial peligro, todos nos podemos ver afectados de manera directa o indirecta. He ahí la importancia de educar a la ciudadanía, sensibilizarla sobre el tema y empezar por nosotros mismos a reflexionar qué podemos hacer para evitar que este grave problema siga creciendo a proporciones inimaginables.