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Debajo del puente vehicular que cruza el río Torres, en plena General Cañas, vive Esteban Quesada. Arriba, el tránsito no se detiene nunca. Abajo, en la penumbra permanente del concreto, está su casa.
Miles de carros pasan todos los días sobre su cabeza. Pasan rápido, sin mirar. No saben que justo debajo de sus ruedas hay una vida sostenida con lonas, sábanas, plásticos y colchones; un refugio armado contra el viento, el frío y la lluvia.
Según el Tribunal Supremo de Elecciones, Esteban tiene 60 años. Él no está seguro. Dice que podría tener entre 63 y 65. Esa desubicación no es un detalle menor, es una señal de cómo la vida en la calle desordena el tiempo, la memoria y hasta la propia identidad.
Vive ahí desde hace más de 6 años. La cifra no es exacta, porque los días, para él, no se cuentan en calendarios, sino en sobrevivencias. Vive junto a su pareja, una mujer de la que no da mayores detalles. No por desconfianza, sino por protección.
Su rutina es sencilla y dura: lograr, con suerte, 2 comidas al día para ambos. Resistir. Aguantar. Volver a empezar.
Hace poco, un incendio consumió gran parte de lo que habían construido. Aún quedan rastros de fuego bajo el puente. Restos ennegrecidos, plásticos derretidos, objetos que costaron meses, o años, conseguir.
“Las cosas materiales se pueden reponer”, dice Esteban, “pero esos golpes emocionales no se borran”.
Para él, ese espacio no es provisional. Es su hogar.
Cuenta que un día, otro joven habitante de calle encontró un cuerpo cerca del puente. Desde entonces, decidió quedarse definitivamente. Del otro lado del puente vive Eduardo, un hombre a quien llama vecino.
El ruido es constante. El estruendo de los carros nunca se apaga. Aun así, Esteban asegura que duerme bien. Dice que ya se acostumbró. También a las crecidas del río Torres, a los malos olores, a la humedad que se mete en los huesos.
Su pasado fue complicado. Habla de años de drogadicción, de errores que lo marcaron, de traumas que cambiaron su vida “para mal”.
Cuando se le pregunta qué habría sido de él sin todo eso, no hace reflexiones largas. Solo responde:
Afirma que Dios es su mayor soporte. El único que no falla.
Desde la experiencia en calle, Chepe Se Baña conoce bien estas realidades. Su fundador, Mauricio Villalobos, lo explica con claridad.
“Conocemos muy bien la realidad que viven estas personas en vulnerabilidad, de encontrar lugares de protección. A veces los puentes se convierten en lugares de protección ya fijos, o hay veces en invierno o con estos fríos”, destacó.
Villalobos señala que, especialmente en invierno o en épocas de frío, muchos adultos mayores terminan viviendo debajo de puentes por años.
“Ya están muy adecuados a estos lugares, les brindan protección, seguridad. Hemos intentado también sacarlos y darles acompañamiento y es muy difícil. Cuando una persona vive un puente, es muy difícil sacarla, más si tiene muchos años de estar ahí”, afirmó.
Según explica, se convierten en hogares estables. En estos sitios suelen armar todo lo necesario: camas, cosas, a veces hasta muebles. Ellos mismos confirman que estos sitios se convierten en su hogar.
Para muchos, huir del centro de San José también es una forma de sobrevivir.
“En la capital constantemente son movilizados, son comunidades nómadas que siempre se están movilizando. (…) El puente les brinda un poquito de estabilidad, de no moverse, de protegerse”, destacó.
Desde la institucionalidad, la Policía Municipal de San José confirma que estas situaciones son frecuentes.
Su director, Marcelo Solano, explica que reciben denuncias constantes por personas que pernoctan y viven debajo de puentes peatonales y vehiculares, buscando resguardo del sol y la lluvia.
“Por lo general, lo que llegan a construir le hemos llamado covachas, unas estructuras precarizadas, algunos cartones, algunos tablones, algunas bolsas de plástico”, señala. Espacios que, con el tiempo, terminan normalizándose como parte del paisaje urbano.
Solano advierte que, aunque los operativos son diarios, también hay un fenómeno de desplazamiento: cada vez quedan menos espacios y las personas se mueven de un cantón a otro, cargando el problema sin resolverlo de fondo.
Entre operativos policiales, programas sociales y esfuerzos de ONG, la realidad persiste. Debajo de los puentes hay historias que no se ven desde el parabrisas.
Y mientras el mundo sigue, Esteban Quesada sigue ahí. Debajo del concreto.
Debajo del ruido. Debajo de una ciudad que pasa rápido.
Resistiendo un día más.













