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Mientras muchos niños sueñan con ser astronautas y con los años cambian de rumbo, Manfred Xirinachs Ugalde decidió hacer lo contrario: aferrarse a esa idea y convertirla en un proyecto de vida.
Con apenas 20 años, este estudiante de Ingeniería Aeroespacial de Texas Tech University-Costa Rica acaba de alcanzar un logro poco común, obtener una certificación como astronauta análogo tras completar una misión marciana simulada en Brasil. Según la comunidad aeroespacial nacional, hoy Costa Rica cuenta con apenas cuatro astronautas análogos certificados y Manfred es el más joven en conseguirlo.
Pero detrás del reconocimiento hay mucho más que un título o una experiencia llamativa. Ser astronauta análogo implica entrenarse para funcionar en condiciones similares a las que enfrentaría una tripulación fuera de la Tierra.
“Astronauta análogo es tan simple como decir que la persona está entrenada para funcionar en otro planeta. En mi caso fue la simulación marciana, entonces al ser astronauta análogo con certificación marciana yo estoy totalmente preparado por si me mandan a Marte. Ya sé cómo operar en temas físicos, mentales y hasta técnicos”, explicó.
“Desde muy pequeño yo siempre dije: quiero ser astronauta. Mucha gente tiene ese sueño cuando es niño, pero mientras crecen lo dejan porque se vuelve algo poco realista. Conmigo eso nunca pasó. Me quedé con ese sueño y poco a poco, mediante proyectos y organizaciones, he logrado abrirme camino”, relató.
La certificación llegó tras participar en la misión Prometheus, una simulación desarrollada en Brasil donde ejerció como vicecomandante e ingeniero.
El proceso no fue sencillo. Primero completó meses de entrenamiento virtual desde Costa Rica y posteriormente viajó diez días a Brasil: cinco dedicados a preparación intensiva y otros cinco dentro de la misión marciana.
Durante ese periodo vivió completamente aislado, sin celular, sin comunicación con familiares y dependiendo únicamente de su compañero de misión.
“Por esos cinco días pasé totalmente aislado sin poder comunicarme con nadie, sin acceso a casi nada. El único contacto que tenía era con mi compañero y éramos nosotros dos todas las horas del día. Si pasaba algo y yo no sabía o mi compañero no sabía, nadie sabía”, contó.
Su función iba mucho más allá de usar un traje espacial. Como ingeniero debía construir sistemas de comunicación, revisar el funcionamiento del hábitat, mapear terreno y resolver fallas técnicas sin ayuda externa.
La misión operaba además bajo tiempo marciano y no terrestre, lo que alteró por completo la percepción del entorno y del paso de las horas.
Uno de los momentos más tensos ocurrió durante una salida nocturna.
“Tuvimos una emergencia y nos tuvimos que meter a una cueva. No podíamos medir el tiempo y no podíamos salir hasta recibir autorización. Yo sentí que pasé dos o tres horas ahí, pero cuando nos dieron la comunicación nos dijeron que habían sido apenas 45 minutos. Estar solo, sin ayuda y sin noción del tiempo tiene un efecto mental enorme”, recordó.
Las condiciones físicas tampoco eran menores. Dentro del traje espacial alcanzaron temperaturas cercanas a los 35 grados Celsius y el estrés era monitoreado constantemente.
“Mi compañero dependía de mí como ingeniero. Si algo se rompía y yo no sabía arreglarlo, hasta ahí llegaba no solo el hábitat, sino nosotros.
Es bastante pesado porque uno tiene que aprender a ejecutar bajo estrés y entender que, si no soy yo, no es nadie”, afirmó.
Al concluir la misión, Manfred salió con una certeza.
“Eso fue lo más cercano que tuve a entender qué es ser astronauta y apenas terminó dije: este es el camino que quiero hacer en mi vida”.
Su historia también ha estado marcada por crear oportunidades donde muchas veces no existen.
Actualmente estudia Ingeniería Aeroespacial con apoyo de una beca parcial en Texas Tech University-Costa Rica, donde además fundó y preside la organización aeroespacial estudiantil para impulsar proyectos y competencias en esta área.
Paralelamente lidera iniciativas como Summit Tower, una propuesta que busca desarrollar la primera torre de microgravedad del país y facilitar investigaciones espaciales sin necesidad de enviar experimentos al espacio.
Su formación ha ido acompañada del respaldo de figuras clave del sector aeroespacial.
“Una inspiración y un mentor mío ha sido don Ronald Chang Díaz. Él me ha permitido mucho acceso y aprendizaje sobre cómo funciona la industria hoy en día”, señaló sobre el hermano del astronauta costarricense Franklin Chang Díaz, con quien trabaja en proyectos y espacios de formación.
En agosto viajará a Estados Unidos para continuar su carrera y, meses después, participará en un entrenamiento en el Space Center de Houston.
Pese a los avances, asegura que lo suyo no responde a genialidad, sino a insistencia.
“La industria está muy bloqueada por la idea de que solo genios pueden entrar y eso no es verdad. Yo no soy un genio, soy muy apasionado. A veces la lucho en la universidad igual que cualquiera”, dijo.
Y aunque hoy ya forma parte del reducido grupo de astronautas análogos costarricenses, su mirada sigue puesta más lejos.
“Yo sigo con el sueño de ser astronauta. Mi meta, siendo bastante soñador, es poder ser el segundo astronauta de Costa Rica, pero también ayudar a que los chicos que vienen detrás tengan las oportunidades que yo no tuve y no tengan que pasar por tantos desafíos”.
“A los jóvenes, más que todo, siempre me gusta decirles, no se preocupen, hay tiempo, porque yo lo logré a 20 años no significa que ustedes también lo tienen que lograr a los 20, pero más que todo es que si tienen una idea, que se manden, que la hagan. Nada malo les va a pasar, lo más que puede pasar en buena probabilidad es que les digan que no, y les va a tocar hacerlo otra vez, y otra vez, y otra vez, pero en una de tantas les aseguro que sí va a pegar. Es solo seguir ese sueño, no se vuelvan realistas, siempre sean soñadores. Aquí en este país eso es lo que ocupamos, soñadores e innovadores, porque aquí realmente hay mucho talento”, concluyó.





