De gruñones y pasas

Tengo amigos muy queridos que no son navideños. Las fechas de fiestas les resbalan. Pierden el humor, pierden el sentido de la ironía, tan importante, y sacan un sarcasmo de tortuga galápaga, como diciendo, ¿cómo querés que sea feliz si conozco este mundo mejor que vos?  

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Tengo amigos muy queridos que no son navideños. Las fechas de fiestas les resbalan. Pierden el humor, pierden el sentido de la ironía, tan importante, y sacan un sarcasmo de tortuga galápaga, como diciendo, ¿cómo querés que sea feliz si conozco este mundo mejor que vos?

Todos tenemos ese pariente o amigo, siempre muy sabio e informado, pero a quien estas celebraciones consiguen sacar lo peor de su parte. Y ahí va todo el mes de diciembre quejándose por cada presa, fila o reunión que le tocó hacer. ¿Tamal? No, gracias. ¿Amigo invisible? Pero, ¿a quién se le ocurrió? ¿Rompope? Guácala, tiene huevo. ¿Regalos? Pero, ¿es que no has leído nada sobre la crisis de hacienda? ¿Querés un sombrerito? Jamás, antes muerto. A mí me hacen mucha gracia, tanta como la que ellos pierden por treinta días. Y este año que se les junta navidad con elecciones se ponen mucho peor. Andan con cara de que el cementazo es mejor noticia que la reunión familiar. En fin, que les compadezco. Trato que su mal ánimo no arruine estos días de frío y compras. 

Yo, por mi parte y muy al contrario de estos amigos, celebro estas fechas con entusiasmo. Me encanta ver a la mayoría de la gente con buen humor y aún mejores intenciones. Bolsas, carreras, abrigos, listas. Se preparan para celebrar su suerte con la gente que ama, y eso me gusta. Recetas, galletas, arbolitos, pasos, decoraciones. Cada uno con su estilo. Alguno muy barroco y recargado, otro más chic y clásico, pero la mayoría con algo en su casa que da la bienvenida. 

Celebro, les decía, porque todo esto me dispone bien. En general hace que muchas más personas me caigan mejor en estos días. Ya eso es ganancia, para mí, por lo menos. Reconozco a quienes me han acompañado durante el año en la forma de un pequeño regalo. Porque me dieron muestras de su amor a pesar de todo y siento que debo agradecerlo. 

Imagino que ninguna geografía o país es libre de malas intenciones, gente con doble cara, crisis económica, políticos deslucidos o discursos sosos. No vamos a ser la excepción, supongo. La idea de que muchos de quienes mantienen actitudes así me arruinen el ánimo, pues no, no quiero darles ese gusto. ¿Estoy desilusionado? Pues claro, gente. Aún así celebro mi pequeño pero insustituible grupo de gente que me ayudó a vivir mejor el año y también celebro el espacio que nos reúne. Hasta celebro a esos gruñones que intentan saltarse esta mes con garrocha. 

Ahora, hay una pregunta realmente importante que responder. Dado que se convierte prácticamente en el protagonista de estos días y que es una tradición irrenunciable y que no habrá celebración posible en su ausencia, es una cuestión trascendental, amigos míos: ¿el tamal lleva pasas o no? Por supuesto que sí.