De dónde vino el hombre cibernético

Las civilizaciones se desarrollaron realmente con la aparición de la Escritura. Antes, con la aparición de la rueda, hubo un paso de alcances inmedibles, en la época primitiva, que igual aportó cosas muy importantes para el desarrollo de los individuos. Pero es la Escritura con la que los grupos organizados constituyen y asientan claras posibilidades de alcanzar un gran desarrollo en todos los órdenes, sin lugar a dudas.

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Las civilizaciones se desarrollaron realmente con la aparición de la Escritura. Antes, con la aparición de la rueda, hubo un paso de alcances inmedibles, en la época primitiva, que igual aportó cosas muy importantes para el desarrollo de los individuos. Pero es la Escritura con la que los grupos organizados constituyen y asientan claras posibilidades de alcanzar un gran desarrollo en todos los órdenes, sin lugar a dudas.

En ese largo tránsito, entre el pasado y la realidad actual, el Hombre alcanzó lo que le permitió constituir grupos organizados hasta llegar al hombre cibernético que conocemos y que también, por dicho paso, llegó hasta donde ha llegado y conocemos, alcanzando en su crecimiento, lo que sin aquellos descubrimientos no hubiera sido posible lograr.

El paso de la comunicación oral a la comunicación escrita marcó el punto de partida, conocido como lo más importante de la evolución del género humano, en su paso por el Universo conocido. Cuando Gutenberg imprimió la Biblia, entre 1452 y 1455, el individuo vivió un auténtico salto hacia la tecnológica, que le dio a Gutenberg el mérito de hacer accesible a todos el resultado de su producto, contar con lo que hoy tenemos y poner al alcance de todos ese producto del ingenio humano. Ingenio humano cuya producción controlan los sujetos. Las cosas no desbordaron nunca a los sujetos. 

La máquina de donde salían libros culmina su lento progreso entre los siglos XVII y XVIII de nuestra historia, cuando en Europa se alcanza un auge importante con su producción, que dio pie entre otras cosas, al surgimiento del periódico. En el siglo XIX, la invención del telégrafo y la aparición del teléfono, gracias al ingenio de Bell, inician la era donde disminuyen todas las distancias y surgen las comunicaciones inmediatas, la posibilidad de tener a mano informaciones precisas, sin importar dónde se encuentren los individuos que se comunican, sea en el mar, al otro lado de este o en otro cuerpo celeste. Sin dudas fue un impulso con el que también viene a contribuir, la aparición de la radio, que logró quitar todas las distancias sobrevivientes y los resabios que fueron quedando superados con aquellos inventos, atemperadores del desarrollo social alcanzado. Hechos que, sin equívocos, eliminan la naturaleza simbólica de la existencia humana y dejan atrás los tiempos de las dificultades. La imprenta, la clave de Morse, el teléfono y la radio se constituyen en los recursos necesarios que mantuvieron la comunicación lingüística entre los individuos y les permitieron estar cerca de hechos, hasta en esos momentos ajenos e independientes entre sí, para dar paso a una relación individual y directa.

¿Qué pasa en el siglo XX? Aparece la televisión y todo se transforma, incluso, hace parecer trepidante la existencia humana y el mismo calendario, porque marca cada paso de las actividades humanas y le roba a los humanos lo mejor que tienen: su tiempo, el ímpetu y necesidad natural de comunicarse de forma concreta y directa. Con la televisión, en un abrir y cerrar de ojos, sucede una ruptura de todo orden y de aquello que diferenciaba a los sujetos de su filiación ancestral, porque va más allá de lo anterior, hasta llevarlos al desuso y, a como aparecieron, quedan a la vera del camino. Con la televisión, el hecho de ver está por encima del hecho de hablar, del saber y del conocimiento descubierto por experiencia propia, del comunicarse directamente, con quien interese, de lograr establecer relaciones propias y no impuestas o dirigidas con los seres queridos. La comunicación humana se tornó impersonal y ajena, hasta frustrante, porque una imagen varía sorprendentemente al momento en que se tiene contacto con la persona que los seres humanos se quieren relacionar.

El telespectador es ahora un simple animal vidente, no un animal simbólico. No participa de ninguna de las decisiones que comprometen su realidad y sus intereses. Las cosas vistas son más y pasan a ser más importantes que las cosas habladas, controlan todo y manejan la voluntad humana, rebasada por una simple imagen, que es utilizada para lograr cualquier objetivo, sin que aparezcan las caras interesadas en dicho objetivo, que resulta menos comprometedor. La sociedad pasa a ser moldeada por intereses de grupos de poder, que controlan todo y deciden por el resto de los sujetos, en la necesidad de solventar sus propias búsquedas y necesidades.

Los grupos son dirigidos por intereses, sometidos a órdenes que se promueven con la publicidad. Así vino el auge de la Cibernética, estadio superior del mundo de la pantalla, el ítem de los ordenadores que se anteponen a toda decisión de la voluntad humana, que actúan por esta y la sustituyen. Es el Hombre Cibernético de hoy.

 

*Abogado y notario público