
Mons. José Rafael Quirós
Arzobispo Metropolitano de San José
Cada día, las noticias nos golpean con una nueva tragedia en carretera. Un motociclista que no volvió a casa. Una familia fallecida por un choque frontal. Un conductor bajo los efectos del alcohol. Un peatón atropellado. Y detrás de cada titular hay rostros, nombres, lágrimas y silencios.
Costa Rica atraviesa una situación alarmante. Diversos reportes señalan que las muertes por
accidentes de tránsito han alcanzado cifras históricas, incluso superando en algunos períodos la cantidad de homicidios registrados en el país. El exceso de velocidad, la invasión de carril, el consumo de alcohol y la imprudencia al volante son las principales causas.
Con mucho dolor se constata que los motociclistas siguen siendo las víctimas más frecuentes.
Pero el problema no es solamente vial. Es espiritual, cultural y ético. Vivimos “acelerados”.
Queremos llegar primero, aunque sea pasando sobre los demás. Hemos confundido rapidez con éxito, agresividad con habilidad y prisa con eficiencia. La carretera se ha convertido, muchas veces, en un lugar donde aflora lo peor del corazón humano: intolerancia, irrespeto, arrogancia, incapacidad de esperar.
Y entonces entendemos que cultivar la paciencia no es un consejo opcional de buena educación; sino, una urgencia moral.
La paciencia salva vidas. El conductor paciente no invade un carril por desesperación, tampoco convierte el volante en arma y comprende que ningún minuto ganado justifica una vida perdida.
La paciencia no es debilidad, al contrario, refleja dominio de sí mismo. “El hombre paciente demuestra gran prudencia; el impulsivo manifiesta su necedad” (Proverbios 14,29). San Pablo, al describir los frutos del Espíritu Santo, menciona la paciencia (cf. Gálatas 5,22).
Cuántas tragedias nacen precisamente de un instante de impulsividad. Un adelantamiento indebido. Una reacción violenta. Un celular atendido “solo por un segundo”. Un “yo sí puedo”. Así, basta un momento para cambiar una vida para siempre.
Necesitamos una verdadera conversión vial. No es suficiente más multas, controles o campañas, aunque sean necesarias. Hace falta reconstruir una cultura del respeto y del cuidado mutuo. Cada conductor debe comprender que lleva en sus manos algo más que un vehículo. También, la responsabilidad y cuido de su propia vida, la de sus acompañantes, peatones y otros conductores.
Quizá la próxima vez que alguien toque la bocina con furia, acelere imprudentemente o quiera “ganarle” a otro conductor, convendría recordar algo muy simple: se puede perder más por cinco segundos de desesperación, que por un minuto de tolerancia y espera. El dicho es correcto: “mejor perder un minuto en la vida que la vida en un minuto”.
Detengámonos a pensar antes de reaccionar y a respetar la vida humana como don de Dios y responsabilidad humana.
En medio de tanto dolor elevemos nuestra mirada a la Santísima Virgen María, para que proteja a sus hijas e hijos conductores. Que ella, mujer prudente, vele por nuestra conducción responsable, fraterna y paciente.