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No recuerdo exactamente cuándo Sofía comenzó a escribir. Lo que sí recuerdo es el momento en que entendí que, a través de sus palabras, estaba conociendo una parte de ella que nunca había visto.
Durante el primer año de gobierno vivimos una pérdida muy dolorosa. Falleció uno de los escoltas que nos acompañaba diariamente y que, con el tiempo, se había convertido en parte de lo que llamamos “familia laboral”. Como ocurre con toda pérdida inesperada, tratábamos de comprender lo sucedido mientras la vida seguía avanzando.
Fue entonces cuando Sofía escribió un poema titulado Hidden Heroes. Al leerlo descubrí algo que iba mucho más allá de un buen texto. Descubrí la sensibilidad con la que una adolescente era capaz de comprender el dolor, el sacrificio y la humanidad de personas que muchas veces pasan inadvertidas para la sociedad. Mientras muchos vemos uniformes, protocolos o funciones, ella vio familias que esperan, abrazos que podrían ser los últimos y personas que salen de casa sin saber si regresarán. Ese poema me hizo entender que Sofía estaba utilizando la escritura para comprender el mundo.
Y siguió escribiendo. Con el paso de los años, mientras la vida transcurría con toda su intensidad, los poemas comenzaron a acumularse silenciosamente. Algunos hablaban de la pérdida, otros de emociones difíciles de nombrar, otros reflejaban las dudas, los cambios y la búsqueda de identidad que acompañan la adolescencia.
Uno de ellos estaba dedicado a su abuela. Al leerlo volví a experimentar la misma sensación; en sus versos encontré el dolor de despedirse de alguien amado, la necesidad de pedir perdón por aquello que nunca se dijo, el miedo a la ausencia y, al mismo tiempo, la capacidad de encontrar esperanza en los recuerdos.
Comprendí que la escritura se había convertido en su manera de procesar lo que sentía, no porque alguien se lo hubiera enseñado ni porque fuera una tarea escolar; simplemente porque había encontrado en las palabras un lugar seguro para expresar aquello que muchas veces resulta muy difícil de decir en voz alta.
Quizá esa ha sido una de las lecciones más valiosas que este libro me ha regalado como madre: los adolescentes sienten profundamente, mucho más de lo que a veces alcanzamos a imaginar; la diferencia es que no siempre encuentran las herramientas para expresarlo. Algunos lo hacen mediante la música, otros a través del deporte o el arte y algunos, como Sofía, encuentran en la escritura un refugio para ordenar aquello que sucede dentro de ellos.
Con el tiempo, aquellos poemas dejaron de ser hojas sueltas y se convirtieron en una colección, entonces quise hacerle un regalo. Reuní todos sus escritos y los convertí en un libro que pudiera sostener entre sus manos. Nunca olvidaré la emoción con la que lo recibió. Fue en ese instante cuando nació una pregunta que terminaría cambiándolo todo: si esas palabras habían ayudado a una adolescente a comprender sus propias emociones, ¿podrían también acompañar a otros jóvenes que estuvieran viviendo procesos similares?
La respuesta llegó con el tiempo y hoy esos escritos íntimos se han convertido en Fragments of a Soul un libro de poemas; que para mí se han convertido en una invitación a escuchar con mayor atención a nuestros hijos, porque, detrás de muchas de sus palabras, de sus silencios e incluso de aquello que no logran explicar, existe un mundo emocional que merece ser visto, comprendido y acompañado.
Como madre, este libro me enseñó que descubrir la voz de un hijo es uno de los privilegios más grandes que podemos recibir y que expresar lo que sentimos nunca será una señal de debilidad sino al contrario: es uno de los actos más valientes que podemos aprender, porque son precisamente los momentos difíciles los que, muchas veces, terminan formando la persona que llegamos a ser.