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“Debemos empezar por lo esencial: justicia, seguridad, salud, educación, agua potable. No hay dignidad posible sin esos pilares. No hay país posible sin ellos.”
Costa Rica cuenta hoy con 335 instituciones públicas, según el registro oficial del Ministerio de Planificación Nacional y Política Económica. Cada una de ellas debería estar al servicio de los costarricenses. Deberían ser herramientas para mejorar nuestra vida, no obstáculos. Pero la realidad es otra.
Todo lo pagamos nosotros. Cada trámite, cada edificio, cada salario, se financia con el sudor de quienes trabajamos duro cada día. Lo pagamos todos: ricos o pobres, empleados o desempleados, jóvenes o adultos mayores. Nadie escapa. Todos contribuimos.
Y duele. Duele ver cómo, en lugar de ayudarnos, muchas instituciones nos humillan. Sí, nos humillan.
Nos maltratan con filas interminables, trámites absurdos, burocracia sin alma. Nos exigen paciencia, pero no dan soluciones. Nos enfrentan a funcionarios que, lejos de servir, se sienten dueños del poder. Nos roban tiempo, energía… y esperanza.
Y es entonces cuando uno se pregunta: ¿para qué existen estas instituciones si no es para defender nuestra dignidad y libertad? Un Estado que no respeta al ciudadano ha perdido su razón de ser. Por eso, ha llegado el momento de repensar nuestro modelo institucional. Sin miedo. Con valentía.
No se trata de destruir, sino de transformar. De modernizar con tecnología, de eliminar duplicaciones inútiles, de cerrar lo que ya no sirve y fortalecer lo que sí nos hace avanzar. Necesitamos instituciones que resuelvan, no que compliquen. Que nos atiendan, no que nos desgasten.
Esto no es un capricho. Es una obligación moral con miles de costarricenses que, año tras año, esperan justicia y no la reciben. Con quienes necesitan una cirugía y no saben si llegarán a tiempo. Con tantas familias que no pueden construir su casa porque no tienen certeza de agua potable.
¿Hasta cuándo?
El pueblo ya maduró. Nuestra democracia también. Y por eso hoy podemos decirlo alto y claro: reformar el Estado no es destruir el Estado social de derecho. Es salvarlo. Es revivirlo. Es darle oxígeno.
Necesitamos revisar, con lupa y corazón, qué instituciones realmente nos garantizan derechos y cuáles solo viven para sostener su propia burocracia. Ya no más instituciones como fines en sí mismas. Las instituciones deben servir al pueblo, no al revés.
Llevo casi 20 años estudiando las reformas del Estado en Costa Rica. He estado en comisiones, en foros, en negociaciones. Y sé que la diferencia está en la voluntad política. Necesitamos una mayoría parlamentaria que ponga al pueblo por encima del aparato, que no tenga miedo de tocar lo intocable.
Y debemos empezar por lo esencial: justicia, seguridad, salud, educación, agua potable. No hay dignidad posible sin esos pilares. No hay país posible sin ellos.
Costarricenses, la dignidad no se mendiga. Se garantiza. Y si el Estado ha olvidado para qué fue creado, nos toca a nosotros recordárselo. Es hora de recuperar nuestras instituciones y ponerlas a trabajar para quienes las sostienen: nosotros, el pueblo, el soberano.