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Luis Guillermo Solís Rivera
Expresidente de la República
Esta semana he tenido muy presentes a mis maestras, especialmente a quienes lo fueron en la escuela Nueva Laboratorio de la Universidad de Costa Rica, donde curse la primaria. Fueron mis “niñas”, a quienes continúo llamando con ese nombre entrañable con que mi generación y las precedentes nos referíamos a quienes eran figuras emblemáticas que se convertían en segundas madres cinco días a la semana.
Evidentemente, no a todas se las quería de la misma manera, y recuerdo todavía alguna que más que como mamá, se comportaba como una severa guardiana de un campamento para delincuentes. Pero aquello fue excepcional. La mayoría de ellas fueron personas verdaderamente extraordinarias cuya dedicación, inspiración y guía muchas y muchos recordamos con devoción filial y una añoranza inextinguible.
Siempre mencionar nombres es ingrato porque la memoria es flaca y se cometen injusticias.
Pero voy a arriesgarme una vez más porque en este caso, no hacerlo le restaría sentido a este modestísimo homenaje.
La “niña” Elsie Jiménez (de quien estuve localmente enamorado cuando tenía 7 años), la “niña” Myriam Solano Fournier, a quien todavía visito y fue una inspiración mayor en mi salto hacia la secundaria, la “niña” Angelina Abarca Molina -ya fallecida- y por supuesto la “niña” Victoria Sanz, cuya prodigiosa música de piano nos llevó por caminos maravillosos e ignotos.
Y claro, estaban las “otras niñas”, las que no eran mis maestras pero que si lo eran de otras generaciones en la escuela y que igualmente formaban parte de mi cotidianidad: la “niña” Flory, la “niña” Giselle, la “niña” Anais, la “niña” Cari, la “niña” Vilma, la “niña” Sonia, la “niña” Ana Isabel… casi todas ellas discípulas de mamá, a quien por supuesto, todas ellas llamaban la “niña Vivienne” y lo hicieron así hasta su fallecimiento.
Es interesante el concepto de “niña” para referirse a las maestras, solo a ellas, porque a los pocos maestros de primaria de entonces no se les llamaba ‘niños”, sino “profesor”. Supongo que eso tuvo que ver con el hecho de que no solo la inmensa mayoría de maestras eran mujeres, sino porque eran solteras cuando empezaban sus labores profesionales y después, aun casadas, continuaban ejerciendo la “niñez” a pesar de su nuevo estatus marital.
De hecho, en otros países a las “niñas” se las llamaba “señoritas”, lo cual refuerza la idea de que había una relación directa entre el nombre y su inocencia carnal.
Sea por las razones que fuesen, con el tiempo la sociología educativa cambió, y con ella desapareció la “niña” para convertirse en “profe”, lo cual no está nada mal porque refleja de mejor manera su formación académica, al tiempo que deja atrás la odiosa diferenciación con sus colegas varones. Pero ya puestos en clave de melancolía, para mi resulta imposible de imaginar otra forma tan cercana y afectuosa de llamar a una maestra de primaria que la que utilizamos durante mi niñez.
De todas maneras, escribo estas líneas para honrar a todas “las niñas” de este país. A todas. A las que todavía por fortuna nos acompañan y a las que ya partieron hacia un mejor lugar. Y lo hago no solo porque es de entera justicia reconocerles su abnegación y entrega a la labor pedagógica, la cual ejercieron con un compromiso admirable incluso en condiciones de gran estrechez. Eso cae por su propio peso.
También lo hago porque fueron ellas parte indisoluble de nuestra propia vida. Y en ese tanto, siempre ocuparan un lugar privilegiado en nuestros afectos.