
El próximo 7 de mayo de 2025, la Capilla Sixtina será nuevamente el escenario del cónclave para elegir al sucesor del Papa Francisco. Este proceso, profundamente arraigado en la tradición católica, no solo es un evento de gran relevancia espiritual, sino también un acontecimiento de interés global.
Según el Código de Derecho Canónico, cualquier varón bautizado en la Iglesia católica puede ser elegido Papa. No es necesario ser cardenal, obispo ni sacerdote. Sin embargo, si el elegido no es obispo, debe recibir la consagración episcopal antes de asumir el pontificado.
Desde el siglo XV, todos han sido cardenales. Esto se debe a que los cardenales son quienes participan en el cónclave y están familiarizados con las responsabilidades del pontificado.
“La única condición indispensable es ser un varón bautizado dentro de la Iglesia católica y tener al menos 60 años”, explicó ACI Prensa.
Aunque la ley no lo prohíbe de forma expresa, la práctica excluye a varones casados. Ningún hombre casado ha sido electo Papa desde la consolidación del celibato eclesiástico.
El cónclave comienza con la misa “Pro Eligendo Pontifice”, seguida del aislamiento de los cardenales en la Capilla Sixtina. Allí realizan votaciones secretas hasta alcanzar una mayoría de dos tercios. Cada día se llevan a cabo hasta cuatro votaciones, y los resultados se comunican mediante humo: negro si no hay decisión; blanco si se ha elegido al nuevo Papa.
El 266.º sucesor de san Pedro heredará una Iglesia con 1.400 millones de fieles.
Cardenales incomunicados
Durante el cónclave, los cardenales permanecen incomunicados para evitar influencias externas. Este aislamiento garantiza que la elección se base únicamente en la deliberación y la oración de los electores. La única forma de comunicación con el mundo exterior es a través de la chimenea de la Capilla Sixtina: si el humo es blanco, significa que ya hay un nuevo Papa.