Crucitas: una bomba de mercurio y de tiempo

Editorial

Lo que está ocurriendo en Crucitas no puede describirse con otro término que no sea tragedia. 

Nuestros compañeros Jhostyn Díaz, Mauricio Aguilar y Marco Castro fueron testigos directos de un desastre que no cesa y que se agrava ante la pasividad de un Estado rebasado por su propia desidia. 

La visita reciente de un grupo de diputados confirmó lo que ya era evidente para los vecinos: hay comunidades como La Chorrera donde ya no se puede tomar agua, donde la agricultura agoniza y donde el miedo se ha vuelto un compañero cotidiano.

Las fuentes naturales están contaminadas. El exceso de mercurio vertido en la tierra, como consecuencia de una extracción de oro que se hace sin control, sin regulaciones y sin conciencia, ha convertido esta zona en un laboratorio de muerte. 

La actividad agrícola, que era sustento para muchas familias, ha quedado paralizada ante el riesgo latente de una intoxicación generalizada. No hay alimentos limpios ni agua segura. La ganadería también se ha visto amenazada.

Y mientras ese dolor se intensifica, mientras las oportunidades desaparecen y la dignidad se erosiona, los cuerpos policiales enfrentan con las uñas la titánica tarea de custodiar tierras tomadas por la inoperancia política de antaño, la falta de visión estatal y el avance implacable del crimen organizado.

Crucitas no es solo una masacre ambiental. Es una bomba de tiempo que compromete vidas, libertades y comunidades enteras. El desastre no es únicamente ecológico: es humano, institucional, estructural. Es el reflejo de un país que permitió que el abandono se volviera costumbre. Que el robo de nuestros recursos fuera legal, y que nuestra naturaleza sucumbiera.

Costa Rica necesita, con urgencia, una solución integral. Una que no se quede en discursos. Una que comprometa al Estado, pero también a la empresa privada.

Una que ponga a las personas en el centro, que proteja nuestra naturaleza y que recupere la gobernanza de territorios hoy secuestrados por la ilegalidad.

Es hora de que los poderes del Estado dejen de lado los intereses partidarios. Crucitas no puede seguir esperando. La historia no nos perdonará la omisión.