
Hace doscientos años, Costa Rica empezó la construcción de su propio proceso de identidad nacional que derivó en una de las democracias más robustas del continente y del mundo.
Con éxito, fueron representados los principios ideológicos de nuestra población al poder elegir libremente a nuestros dirigentes políticos, logrando ser un pueblo que gobierna, mas no gobernado, e intrínsecamente tolerante y respetuoso de las diferencias.
Sin embargo, nuestra democracia ha sido atacada en los últimos años y avasallada a un ritmo alarmante, por la voz del actual presidente de la República.
Dicha voz ha sido capaz de adoctrinar a un sector considerable de la población costarricense. Y es que el señor Rodrigo Chaves ha ejecutado con habilidad un gobierno de odio, de manipulación de datos y de regaño público, medidas que podrían ser consideradas abusivas, y que lo exhiben como una persona incapaz de admitir críticas.
La ejecución de estas acciones controversiales parece responder a lo que él mismo anunció desde el inicio de su mandato: “obediencia estratégica”, una exigencia que ha puesto a sus subalternos en una posición incómoda y que, poco o nulo beneficio ha generado en la libertad de diálogo en el Parlamento.
¿Vivan siempre el trabajo y la paz?, palabras simples, incorporadas en nuestro Himno Nacional, pero que tienen una connotación profunda y de significancia indiscutible.
¿Viva el trabajo?, probablemente solo será aplaudido si obedece a la agenda oficialista, si no, será la prensa “canalla”, o los policías “rebeldes”, o la Junta Directiva de la CCSS “corrupta”.
Además, se ha minimizado el trabajo del médico especialista, considerándolo como un gasto injustificado y culpable de las listas de espera, y no como lo que realmente es: un recurso de gran valor y difícil formación, que constituye una verdadera inversión a largo plazo en beneficio de la población de este país.
Sin embargo, se describe a este recurso humano como apático y ajeno al bienestar ciudadano.
De esta manera, se ha logrado avalar y aceptar el deterioro de sus condiciones laborales, sin olvidar el discurso aquel que “vendía” la terciarización de los servicios como la solución al rezago en las mamografías, medida que tuvo resultados poco trascendentes, pues un examen carece de impacto sin el análisis del personal capacitado que lo interprete acertadamente y se logre, al fin de cuentas, el beneficio terapéutico del paciente.
La nueva estrategia de reducir la inversión en obras de infraestructura responde a un mezquino interés de un puñado de personas para que la CCSS pierda su alcance territorial y se despida ahora y para siempre de su principio de universalidad. ¿Por qué lo digo? Porque al limitarse a los médicos especialistas los insumos tecnológicos se da un nuevo empujón al frágil deseo de estos para abandonar la CCSS.
Es claro que la salud, junto a la educación y la seguridad, son los pilares de la paz social. En una nación donde se ha debilitado el papel protagónico de los educadores, donde se olvidó negociar mejores condiciones laborales al cuerpo policial, y donde se dice que la CCSS está en quiebra, no es de extrañar que estos factores sumados, en una complicidad premeditada, generen un futuro escenario de precarización socioeconómica con mayor criminalidad y un acceso muy limitado a servicios de salud de calidad desde la seguridad social, – pues fuera de ella, será prohibitivo para muchos, dado su altísimo costo-.
La paz que vivimos hoy sin esfuerzo será un recuerdo mañana, pero también el móvil de la colectividad para la lucha del futuro próximo.
Finalmente, varios médicos especialistas observamos, entre asombro y frustración, el panorama que pronto vamos a vivir, y aunque el camino de la justicia y de nuestra identidad histórica democrática pareciera alejarse, nuestras voces seguirán firmes, nuestro enojo mantendrá la pluma viva y la denuncia seguirá sin descanso, señalando a la retórica engañosa y malintencionada que busca arrebatarnos el trabajo y la paz.
*Especialista en Medicina Interna e Infectología, Directiva Siname