Costa Rica: 70 años de paz

“Dichosa la madre costarricense que sabe, al dar a luz, que su hijo nunca será soldado”, esta frase de Ryoichi Sasakawa, un hombre de negocios, político y filántropo japonés retrata la realidad del ser costarricense.  Es cierto somos dichosos los ticos al saber que no tenemos que empuñar un rifle, que no usamos fatiga ni […]

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“Dichosa la madre costarricense que sabe, al dar a luz, que su hijo nunca será soldado”, esta frase de Ryoichi Sasakawa, un hombre de negocios, político y filántropo japonés retrata la realidad del ser costarricense. 

Es cierto somos dichosos los ticos al saber que no tenemos que empuñar un rifle, que no usamos fatiga ni estamos bajo el yugo opresor. Nuestro país lleva siete décadas de paz absoluta. 

Solo los ciudadanos costarricenses sabemos lo que es ese sentimiento genuino de libertad. Una generación completa y sus descendientes podemos decir que Costa Rica no ha requerido del disparo de los cañones ni del toque de queda para defender su soberanía, para administrar el poder y menos para dominar a su gente. 

 Y decimos una generación completa, pues según los expertos duran unos 70 años y son un conjunto de personas que nacen en fechas próximas y crecen en sociedades semejantes, se comportan de manera parecida y poseen la misma escala de valores, tradiciones y aspectos culturales. 

Desde hace 70 años todos los habitantes de Costa Rica tenemos el privilegio de vivir en un país que no necesita un ejército para salir adelante, le hemos podido demostrar al mundo que hay muchas maneras de luchar sin tener que sacrificar a las personas, conocemos el valor del diálogo y la diplomacia. 

Todo esto a pesar de que prácticamente todos los países que nos rodean en Centroamérica y el resto del continente americano cuentan con grandes grupos de hombres armados dispuestos a enfrentarse y derramar sangre. 

No lo criticamos, pero no podemos entenderlo tampoco pues la fuerza no ha sido el mecanismo para resolver los conflictos. 

Costa Rica es el ejemplo número uno de la región, de que la inversión en educación trae consigo mejores resultados, empodera a las generaciones y resulta un escudo efectivo ante las afrentas como el crimen organizado, la delincuencia común, los gobiernos autoritaritos y la ignorancia. 

Hay naciones que jamás entenderán el poder de las palabras y hay gobernantes que necesitan de fuerzas armadas para dominar a sus pueblos, pero tiquicia sabe exactamente lo que vale un niño o un joven en las aulas y no en bases militares. 

Esa decisión que tomara el expresidente José María Figueres Ferrer justamente hoy hace 70 años, un 1º de diciembre de 1948, marcó la diferencia entre Costa Rica y muchos países del mundo. 

No en vano la gente cuando escucha hablar de un tico se alegra, pero más se sorprende cuando conoce que nuestra defensa es la democracia, la unión, el respeto y la tolerancia, aún y cuando haya diferencias abismales de pensamiento, ideología y credo. 

El expresidente Julio María Sanguinetti usó una de las frases más hermosas para describir a los ticos “donde haya un costarricense, esté donde esté, hay libertad,” y es más que cierto, pues la libertad la llevamos en el ADN, la transportamos a otras latitudes como un estandarte. 

No olvidamos jamás a quienes defendieron con sangre nuestro país, a aquellos que lucharon y dieron su vida en grandes batallas hace casi dos siglos. La Costa Rica del bicentenario sí necesitó de los brazos de ticos y ticas que rudimentariamente se enfrentaron los enemigos, a ellos el respeto y el honor que merecen. 

Ojalá nunca más esta tierra tenga que verse armada, que los niños y niñas dejen las aulas para enlistarse y jamás veamos frente a nuestros ojos la estela de muerte que un ejército es capaz de generar. 

Son 7 décadas de paz y eso no se cambia por nada en el mundo, no hay precio que valga la tranquilidad con la que todos vivimos sin tener que escuchar potentes sirenas que avisan de riesgo, sin ver soldados marchando por las calles y sin sentir el escalofrío y la impotencia que generan las balas. 

Nuestro país apostó por el desarrollo social, el cual, pese a las dificultades que estamos pasando en este momento de crisis fiscal, no debe abandonarse, no puede este país ni sus gobernantes darse el lujo de olvidar el compromiso histórico asumido aquel 1º de diciembre. 

Es también seguir generando calidad de vida, aportando al progreso, alimentando a la sociedad, pues un Estado fallido es el caldo de cultivo para la violencia, la negligencia, el descuido y la descomposición social, que terminan promoviendo los ejércitos. 

Hoy nuestras luchas se dan en las carreteras, contra el crimen organizado, flagelos que deben mitigarse, pero eso se hace desde las aulas, con educación, prevención e información. 

Nuestros ejércitos son de docentes y estudiantes, entonces no podemos bajar la guardia, jamás darnos el lujo de retroceder. 

Cada 1º de diciembre la conmemoración del aniversario de abolición del ejército es fría, escueta y hasta ignorada por muchos, debemos, tenemos casi que por obligación que darle un giro a este comportamiento tan omiso. 

Es justo y necesario conmemorar con bombos y platillos la histórica decisión y si es necesario que se considere desde el Congreso decretarlo de asueto nacional. 

No debe verse como un proyecto de tipo político, no puede sentirse solo como una gesta de Liberación Nacional, la abolición del ejército es un logro país, y, por tanto, debería ser gestada y apoyada por todos los costarricenses y en especial por las y los señores diputados en sus diferentes fracciones.