
El 2 de noviembre de todos los años, la Santa Madre Iglesia se interesa ante el Señor Dios Padre Todopoderoso para que en oración intercedamos en favor de las almas de nuestros hermanos que nos han precedido en el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección.
Leyendo la Sagrada Palabra de Dios, encontramos muchos textos bíblicos que nos motivan a orar unos por otros (Santiago 5: 16). Otro ejemplo, lo vemos en la Primera Carta que el apóstol Pablo le envía a Timoteo, a quien considera hijo en la fe, concretamente en el capítulo 2 versículo 1, dice: “Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres”. El evangelista Mateo (5:44) nos pide que oremos por los que nos persiguen.
Deseo referirme a la oración, con respeto los invito a interceder por el descanso eterno de nuestros hermanos fieles difuntos, que han pasado de la vida terrenal a la vida espiritual. En la edición de DIARIO EXTRA, el Periodico del Pueblo de Costa Rica, de asesoría legal gratis y medio de comunicación social donde se predica la Palabra de Dios, de fecha 2 de noviembre del 2022, bajo el título: “Dichosos los hermanos llamados por Dios a su Reino”, dije que Dios escogió y llamó desde el Antiguo Testamento a Judas Macabeo, un valiente y heroico soldado, defensor del pueblo de Dios, con su espada, y siendo más fuerte que un león, defendió los campamentos de Israel. Ante la muerte de algunos soldados, Judas Macabeo hizo una colecta y recogió dos mil monedas de plata que envió a Jerusalén para que se hiciera un sacrificio y se rezara por los pecados de las personas que habían muerto en la batalla (Segundo libro de los Macabeos capítulo 12, versículo 43 al 46).
De acuerdo con lo anterior, vemos que la Iglesia desde sus orígenes vive con la convicción de su comunión con los fallecidos y por ello mantiene con gran piedad la memoria de los fieles difuntos, intercediendo en oración para que la luz perpetua de Nuestro Señor Jesucristo brille para siempre sobre nuestros hermanos que ya fueron llamados al Reino de Dios.
San Juan Pablo Segundo nos enseña que debemos sentir el deber y la necesidad de ofrecerle a nuestros hermanos difuntos la ayuda afectuosa de nuestra oración, a fin de que cualquier eventual residuo de debilidad humana, que todavía pudiera retrasar su encuentro feliz con Dios, sea definitivamente borrado. De esta forma, la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos es una oportunidad grande para renovar nuestra fe en la resurrección de los muertos, en la eternidad dichosa que nos espera en el Cielo.
El Papa Francisco, en un día como hoy, de lo cual hago mío su mensaje, dice: “La memoria de los difuntos, el cuidado de las tumbas y los votos son testimonios de confiada esperanza, enraizada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre el destino del ser humano, ya que el hombre está destinado a una vida sin límites, que tiene sus raíces y su realización en Dios”.
“Yo soy la resurrección y la vida”, dice Jesús. “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11, 25-26).
Es una idea piadosa y sana rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado (2 de Macabeos 12, 45). Oremos. Dios de misericordia y amor, ponemos en tus manos amorosas a nuestros hermanos y hermanas que has llamado de esta vida a tu presencia.
Concédeles pasar con seguridad las puertas de la muerte y gozar de la luz y paz eterna. A nosotros, ayúdanos a comprender el misterio de la muerte. Que a través de ella participamos de la promesa de tu Hijo Jesús. “El que cree en mí nunca morirá”. Amén.
*Servidor de apostolado en la Iglesia