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El anuncio del cierre de la planta de ensamblaje de Intel, que dejará a 800 costarricenses sin empleo, no es solo una mala noticia económica: es una sirena de alarma que debe despertar al país de su letargo competitivo.
La decisión de Intel de trasladar sus operaciones a Vietnam y Malasia no es casualidad. Estos países han invertido agresivamente en infraestructura, flexibilidad laboral y políticas que atraen la inversión extranjera. Mientras tanto, Costa Rica se ha quedado rezagada en elementos básicos de competitividad.
Según el informe más reciente del Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, Costa Rica se encuentra estancada en su posición, ocupando el puesto 62 de 141 países evaluados.
Y aunque el país ha mostrado mejoras en áreas como infraestructura, salud y conectividad, la velocidad de avance es insuficiente en comparación con otras naciones.
Nuestros déficits son evidentes: tarifas eléctricas que encarecen la producción, una infraestructura vial deficiente que aumenta los costos logísticos, conectividad digital insuficiente para las demandas de la industria 4.0, y una rigidez laboral que contrasta con la flexibilidad que exigen los mercados globales.
El proyecto de jornadas laborales excepcionales (4×3) lleva años trabado en la Asamblea Legislativa y ahora con más de 2,000 mociones opositoras.
Esta obstrucción sistemática no solo refleja irresponsabilidad política, sino una desconexión absoluta con la realidad económica mundial.
Las empresas de semiconductores operan 24/7; nosotros seguimos anclados en esquemas del siglo pasado.
Es urgente actuar: aprobar sin dilación las jornadas excepcionales garantizando que no se erosionen los derechos laborales fundamentales, modernizar el sistema eléctrico para ofrecer tarifas competitivas, acelerar la inversión en infraestructura digital y vial, y fortalecer la formación técnica bilingüe.
Costa Rica no puede seguir dependiendo únicamente de su “marca país” de estabilidad política.
La competitividad se construye con hechos, no con discursos. Intel se va, pero su partida debe ser el catalizador para las transformaciones que el país necesita.
La pregunta es: ¿aprenderemos de esta lección o seguiremos viendo cómo otras empresas toman el mismo camino?