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“…y vivieron felices para siempre”. Esa es la frase con que terminan los cuentos de hadas. Con aquella mente infantil desde pequeños lo dimos por un hecho. En las bodas escuchamos al cura proclamar “hasta que la muerte los separe”, y sin duda lo creímos. Cómo no, si quien lo decía era nada más y nada menos que el padrecito y en nombre de Tatica Dios. Luego, mientras crecíamos, escuchamos por doquier que “el amor es para siempre” y esa oración nos resultó demasiado bella para no ser cierta.
Ese fue el problema, nos fuimos criando con una concepción idílica, hermosa y sublime, pero pasiva sobre el amor y la relación de pareja. Concebimos el amor como algo eterno. Pero eso no es verdad, puede ser verdad, pero no es una verdad absoluta. No fue hasta hace muy poco que como sociedad nos percatamos de que creer a la ligera ese concepto conlleva una serie de riesgos y peligros.
Sí, tradicionalmente hombres y mujeres se acostumbraron a dar lo mejor de ellos al momento de conocer y conquistar a la pareja. Esfuerzos, proezas y más se hacen con tal de ganarse el amor del ser querido: serenatas, detalles, rosas y versos en nombre del amor. El desvelo y las ansias reinan con tal de obtener un “sí, acepto”. Una vez pronunciadas esas mágicas palabras es común que el descuido y la despreocupación comienzan paulatina y gradualmente a apropiarse de la relación. Muchos, bajo aquella máxima infantil de “y vivieron felices para siempre”, creen que la felicidad fluirá mágicamente hasta el fin de los días sin hacer el menor esfuerzo.
Conforme la sociedad permitió nuevas formas de relacionarnos y se consumó la aceptación social del divorcio y la separación, de inmediato el desengaño empapó nuestros ojos: muchas historias de amor se destrozaron por doquier; muchos que se amaban con locura, en unos cuantos años se odiaron con locura; muchas parejas, después de compartir la cama, el altar y las penurias, en cuestión de un tiempo y aun con hijos de por medio no pueden tan siquiera dirigirse la palabra.
Hoy, con el divorcio y la separación de tantas parejas, por fin nos dimos cuenta de que el amor no es para siempre. Entendimos que el amor puede ser para siempre en el tanto lo cuidemos. Comprendimos que el amor puede ser eterno en el tanto le demos al vínculo su verdadero lugar. Ya hoy sabemos que para poder estar juntos “hasta que la muerte nos separe” debemos estar a la altura del amor, debemos profesarnos cariño en el día a día.
Hoy vemos cómo porcentajes muy altos de la población van por la vida coleccionando fracasos, precedidos de grandes ilusiones. Hoy vemos que “el amor bonito”, “el amor mayor”, “el amor mayúsculo”, ese que es resistente al paso de los años y que nos acompaña hasta el ocaso de los tiempos, es un lujo vedado para inmaduros e impulsivos, engreídos y orgullosos, despreocupados y distantes.
Hoy entendimos que Cupido es un chineado y que si no lo tratamos bien nos deja solos y sin amor. Hoy entendimos que el amor no es atadura sino compromiso, un acuerdo de querernos mucho, de querernos bien, de querernos siempre y de querernos en las buenas y en las malas. Hoy entendimos que el amor que no se cuida, a la larga es un amor perdido.