¿Cómo explicarnos lo ocurrido en Venezuela?

Conocí Venezuela hace muchos años, cuando era una de las democracias más sólidas del continente, con grandes riquezas y sí, grandes contrastes. Su principal fuente de recursos era el petróleo y tal vez su mayor infortunio, pues la economía giraba en gran medida alrededor de este producto. Era un país rico, pero no todos podían […]

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Conocí Venezuela hace muchos años, cuando era una de las democracias más sólidas del continente, con grandes riquezas y sí, grandes contrastes. Su principal fuente de recursos era el petróleo y tal vez su mayor infortunio, pues la economía giraba en gran medida alrededor de este producto.

Era un país rico, pero no todos podían vivir del petróleo, la distribución de la riqueza no era del todo equitativa, como en el resto de los países de la región, y las instituciones no siempre fueron capaces de atender las demandas populares.

El descontento popular fue capitalizado por quienes ofrecían un cambio, un cambio que nunca llegó y que lejos de mejorar la institucionalidad la desmanteló, para erigir un Estado autocrático, donde los pobres hoy representan el 52% de la población, con salarios mínimos de $3,50 y una escasez de fuentes de trabajo. 

Con consignas como la prensa golpista, prensa escuálida o fascista se comenzó a minar la credibilidad de los medios de comunicación, que aún con sus errores, cumplían la función de informar y denunciar ante la opinión pública los errores de los gobiernos de turno.

De igual manera se desacreditó a todas aquellas figuras referentes, cuya voz era escuchada con respeto por su seriedad y conocimiento, voces que facilitaban el acceso a temas de interés, para que cada cual se formara su propio criterio, no era necesario coincidir con ellas, pero escuchar sus argumentos a favor y en contra aportaba elementos para que la ciudadanía pudiera, de forma informada, actuar, decidir, resolver, negar, apoyar o enfrentar ese vacío que se creó. Esa orfandad de pensamiento crítico facilitó que el engaño, la desinformación, el adoctrinamiento y la mentira calaran.

La institucionalidad fue acusada de todos los males, la Constitución de obsoleta, los tribunales de inoperantes y lejos de fortalecer y mejorar sus competencias se eliminaron, se reformaron o se adecuaron, de forma tal que los pesos y contrapesos propios de la democracia dejaron de existir, dando paso a la dictadura. 

La educación, la salud y la vivienda popular sufrieron un mayor deterioro, empobreciendo a una población que en principio confió en que todo mejoraría y más luego que tarde optó por emigrar en busca de mejores oportunidades, trabajo y libertad.

Hoy, veinticinco años después, el pueblo cansado de la corrupción, el abuso de poder, la pobreza y el subdesarrollo al que se ha sometido Venezuela ha tenido la valentía y la fuerza para dar la batalla en las urnas, como corresponde en un país que nació con vocación democrática, obteniendo más del 60% de los votos a favor de candidato opositor.

Sin embargo, las instituciones encargadas de velar por la voluntad popular no pueden responder, su independencia está comprometida, su imparcialidad está ausente y sus competencias limitadas, así es como se consolidó el fraude.

Lo ocurrido en Venezuela hoy es el resultado de un asalto a la institucionalidad y la democracia que, a pesar de sus defectos y carencias, permitía el libre pensamiento, la libre elección de sus gobernantes, la alternabilidad del poder, la división de Poderes, con pesos y contrapesos, la libertad de expresión y otras tantas condiciones ausentes hoy que han hecho que más de 7 millones de venezolanos se hayan visto obligados a emigrar en busca de un hogar, de una patria libre que les dé asilo, que les garantice seguridad y trabajo para criar a sus familias en paz.

Los venezolanos no lo vieron venir, confiaron en quienes les vendieron una realidad distorsionada, un discurso confrontativo, lleno de odios y resentimientos, que opacaron la visión de lo que realmente estaba ocurriendo y poco a poco les fue arrebatado todo aquello que les permitía transitar en democracia, con justicia y límites al poder, para evitar precisamente lo que están hoy viviendo, la imposición de un régimen dictatorial disfrazado de legitimidad.

Decía Simón Bolívar, libertador de Venezuela: “por ignorancia nos dominaron más que por la fuerza”, no permitamos que la ignorancia se apodere de nuestros pueblos.

Las luchas que dieron los antepasados por alcanzar la democratización de América no pueden ser ignoradas, el sacrificio y la sangre que se vertió merecen ser respetados y defendidos por quienes hoy disfrutamos de la libertad.

América no puede retroceder, ni dar espacio para que se subyugue a nuestros hermanos venezolanos, se amenace a los líderes opositores, se asesine y se encarcele a quienes se oponen al dictador.

 

*Ex primera dama de la República