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El Día del Niño se instituyó en 1954, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas se fijó como objetivo recordar a los ciudadanos del mundo cuan vulnerables son los seres humanos en esta etapa de la vida, así como la responsabilidad que tenemos de protegerlos y de velar por sus derechos. Derechos que más tarde se verían reiterados en la Convención de los Derechos de los Niños y a la que los países firmantes, entre ellos Costa Rica, se comprometían a respetar y hacer cumplir.
Hoy, 70 años después, celebramos con fiestas, confites, regalos a los niños más afortunados, aquellos que tienen un hogar, una escuela, una institución… pero y los que están en la calle, los que no tienen ni para comer, los que en el mejor de los casos reciben en la esquina la limosna con que lavamos nuestra consciencia, los que se refugian de la lluvia en los escombros, los que se ven obligados a ejercer la prostitución, los que viven atemorizados porque no saben si al regresar a sus casas encontrarán con vida a sus padres… ¡si es que regresan y no caen víctimas colaterales de la violencia!
¿Cómo celebrar el Día del Niño, cuando sabemos que muchos no conocen lo que es infancia, cuando viven en la miseria, sin estudios ni futuro y sus vidas corren peligro todos los días?
Difícil ignorar esta realidad y no reflexionar cuando vemos niños y jóvenes portando armas, víctimas del sicariato, niños convertidos en asesinos con tan solo 14 años.
Difícil no angustiarse cuando se reportan miles de niños viviendo bajo los niveles de pobreza, cuando la deserción escolar vacía las aulas y se ensancha la brecha escolar, cuando no estamos respondiendo a las necesidades básicas de miles de niños y jóvenes, condenándolos a una vida sin esperanza y sin futuro.
Lo peor es que como sociedad los condenamos, recriminamos su comportamiento, les señalamos como un peligro, un peligro para nosotros, nuestros hijos y nietos, pero olvidamos que en realidad son un peligro del cual ellos son víctimas.
Basta un somero análisis sobre la realidad que están viviendo, para darnos cuenta de que algo no estamos haciendo bien, que hemos olvidado el verdadero sentido de la celebración que suponía, año a año, recordarnos sobre la importancia de proteger y garantizar el cumplimiento de todos los derechos… de todos los niños sin excepción: derecho a la vida, a la salud, a la educación, a una vida digna y a promover acciones que les permitan crecer, desarrollarse, educarse y ser felices.
Ya “celebramos” y está bien festejar, la risa y la felicidad de los niños es un bálsamo en tiempos difíciles, pero las cifras y las noticias nos vuelven a una cruda realidad, hay muchos otros que no tienen de que sonreír ni qué festejar. La celebración entonces nos debe llamar de nuevo a la acción, pero ¿podemos hacer algo?
Porque no basta con saber la realidad, señalar culpables y responsabilizar a otros.
Existen en el país organizaciones, empresas e instancias, públicas y privadas, que realizan esfuerzos para garantizar el cumplimiento de los derechos de nuestra infancia y juventud, recurriendo a programas de responsabilidad social conjuntos y planes de acción que abordan áreas como educación, alimentación, cuido y apoyo a familias en situaciones de pobreza.
Acercarnos a estas instituciones e instancias, conocer su trabajo y apoyarlas, puede ser un buen inicio.