Cómo acabar con el “yo”

El que es humilde y pobre, observa el padre Larrañaga, “no juzga, no presupone, no piensa mal, hay en sus actitudes un aire de cortesía, es capaz de tratar a los demás con la misma benevolencia con la que se trata a sí mismo, es capaz de cargar a hombros el dolor de la humanidad. En resumen, habiendo apagado la pasión del ‘yo’, el desprendido ha pasado a la compasión para con el mundo”.

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

Retomo el tema del vacío de sí y la serenidad. El que está vacío de sí, el desposeído, el pobre y humilde de espíritu ve todo con ojos limpios, es decir, sin afanes desmedidos, sin ser víctima de deseos ni temores, intereses y egoísmos.

“Mientras no seas pobre, vacío puro, advierte el padre Larrañaga, no verás las cosas como son, las mirarás con deseo de apropiación o rechazo y, de todas maneras, siempre deformadas”. Y, claro, se sufre. Por el contrario, cuando uno ha superado la ilusión del “yo”, desprendido del egoísmo y la ambición, de los impulsos posesivos, el pillaje y el robo, verá a los seres humanos, hechos y cosas con la debida transparencia, respeto y amor, con alegría y paz dentro de una admirable unidad y armonía. Y se cumple el milagro: de ser el uno para el otro, como parte del otro hasta llegar a sentir las cosas del otro como si fueran suyas. El pedido de Jesús: “Que sean uno” (Juan; 17,11). Uno con el Padre Dios, uno con sus hijos, hermanos nuestros, y uno con lo creado. Lo mismo que al comienzo o, al menos, parecido: pura bondad, perfección, armonía, amor… Insisto, para vivir así se necesita el desasimiento, la desapropiación, ser humildes y pobres.

El que es humilde y pobre, observa el padre Larrañaga, “no juzga, no presupone, no piensa mal, hay en sus actitudes un aire de cortesía, es capaz de tratar a los demás con la misma benevolencia con la que se trata a sí mismo, es capaz de cargar a hombros el dolor de la humanidad. En resumen, habiendo apagado la pasión del ‘yo’, el desprendido ha pasado a la compasión para con el mundo”.

Usted puede ir experimentando todo esto en la medida en que entienda cuanto vamos exponiendo en esta serie de escritos, lo asuma y viva, a los que aún he de añadir unos ejercicios prácticos que le van a ayudar mucho si se ejercita en ellos con la debida constancia y dedicación. Se los enumero ya aquí. Primero, ejercicios de relajación: soltar los frenos, estatua yacente, relajación general del cuerpo, relajación mental, el arte de sentir. En segundo lugar, ejercicios de concentración: un paseo por mis señoríos, para eliminar el dolor, estar presente. En tercer lugar, ejercicios de respiración: respiración abdominal. Finalmente, técnicas de olvido.

Yo he hecho estos ejercicios y los he enseñado a hacer a mucha gente, como parte práctica de la doctrina sobre el “yo” que causa tanto mal, siendo en realidad la única fuente del sufrimiento del ser humano. A propósito, por ahora voy a cerrar este escrito, haciéndome eco de mi admirado y querido maestro, el tan citado padre Larrañaga: “Para lograr tanta maravilla debes vaciarte de ti mismo, liberándote de la ilusión del ‘yo’. Para ello es necesario que vivas despierto, atento a ti mismo mediante una constante introspección, meditación e intuición. Tienes que darte cuenta de que el falso ‘yo’ es la raíz de todas tus desventuras y debes llegar a la convicción de que esa imagen de ti mismo es una ilusión, de que el yo no existe realmente. Y esa convicción experimental la conseguirás con la práctica constante del vacío mental”.

Una de las formas de vivir el vacío mental en la práctica es el proceder que señala nuestro autor a continuación: “No des satisfacciones a la ilusión del ‘yo’, si hablan mal de ti no te defiendas, si no te salen bien las cosas no te justifiques, no des entrada a la autocompasión, no busques elogios, rehuye los aplausos… Y así, si le vas retirando el aceite, la lámpara acabará por apagarse y habrás ganado la batalla de la libertad”.

Pues, nada, a reflexionar un poco sobre tan sabia y aleccionadora doctrina.