
Mary Munive Angermüller
Exvicepresidenta de la República y exministra de Salud
Las grandes políticas públicas no siempre nacen en una oficina. Algunas comienzan al lado de una cama hospitalaria.
En 2018 trabajaba en el Hospital México como gestora de camas, una función que consiste en procurar que las camas hospitalarias estén disponibles oportunamente para atender a las personas que requieren servicios de salud. En ese proceso comenzamos a identificar un fenómeno cada vez más frecuente: personas adultas mayores que permanecían hospitalizadas mucho tiempo después de haber recibido el alta médica.
No era un problema clínico. Era un problema social.
Recuerdo particularmente el caso de un hombre que permaneció hospitalizado 232 días adicionales después de haber concluido su tratamiento. Durante ese período, una cama hospitalaria permaneció ocupada por una persona que ya no requería atención médica, mientras decenas de pacientes esperaban acceso a los servicios de salud. Aquella estancia representó el equivalente a 16 ingresos hospitalarios que pudieron haberse realizado. Sin embargo, el verdadero problema no era la cama ocupada. Era la historia detrás de ella.
Al revisar estadísticas y analizar casos junto a los equipos de trabajo social, encontramos una tendencia preocupante: cada año aumentaban los abandonos hospitalarios de personas adultas mayores y disminuía la capacidad de las familias y las comunidades para asumir su cuidado. Costa Rica estaba envejeciendo aceleradamente, mientras sus redes tradicionales de apoyo comenzaban a debilitarse.
Comprendí entonces que no estábamos frente a un problema hospitalario. Estábamos frente a un problema de cuidados.
Buscando respuestas, en 2019 emprendí junto a doña Flor Ugalde, lideresa de la comunidad de Quebrada Ganado, una visita a distintas experiencias en España relacionadas con envejecimiento activo, cohousing y comunidades de apoyo para personas mayores. Visitamos proyectos emblemáticos como Trabensol en Madrid, Profuturo en Valladolid y Santa Clara en Málaga.
Aquellas experiencias nos mostraron algo revelador. Aunque las viviendas comunitarias llamaban la atención por su diseño y organización, el verdadero éxito no estaba en la infraestructura. Lo que realmente permitía combatir la soledad, preservar la autonomía y retrasar la dependencia era la existencia de espacios comunitarios donde las personas podían alimentarse adecuadamente, participar en actividades físicas y cognitivas, recibir apoyo profesional y, sobre todo, mantener relaciones humanas significativas.
Detrás de cada experiencia exitosa existía un centro de convivencia que funcionaba como el corazón de la comunidad.
Años después, ya como presidenta de la Junta Rectora del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM), esa convicción encontró una confirmación inesperada cuando me comentaron la historia de Don Efraín durante una gira realizada en Cahuita por Yolanda Benavides, directora ejecutiva de CONAPAM, y Luis Ávalos, director de FODESAF.
Don Efraín vivía solo, en condiciones de vulnerabilidad, y había sido víctima de un asalto y violencia. Ante la situación que observaron, la reacción inmediata fue pensar que necesitaba ingresar a un hogar de larga estancia. Sin embargo, su respuesta cambió por completo la forma de entender el problema.
“No quiero irme a un hogar”, dijo. “Quiero seguir viviendo en mi casa. Lo que necesito es venir aquí todos los días”.
El “aquí” era un pequeño centro comunitario donde un grupo de personas adultas mayores se reunía una o dos veces por semana para compartir una comida y compañía. Don Efraín no pedía institucionalización. Pedía algo mucho más sencillo y mucho más profundo: alimentación, amistad, actividades, acompañamiento y una red de apoyo que le permitiera conservar su independencia.
Aquella conversación confirmó lo que la evidencia ya venía mostrando. Muchas personas adultas mayores no desean abandonar sus comunidades ni perder su autonomía. Lo que necesitan es apoyo para seguir viviendo donde han construido su historia.
Con esa evidencia acumulada durante años, el respaldo de la Administración Chaves Robles se logró transformar una idea a pilotar una política pública concreta. Junto con Yolanda Benavides desde CONAPAM, Marianela Rivas desde CEN-CINAI, Luis Ávalos desde FODESAF y equipos técnicos comprometidos con el bienestar de las personas mayores, comenzamos a diseñar una estrategia que respondiera a esta nueva realidad demográfica.
Así nacieron los Centros de Cuido Integral para Personas Adultas Mayores (CECUIDAM).
El modelo fue concebido como una estrategia de atención progresiva, interdisciplinaria y territorialmente accesible, capaz de complementar y fortalecer la red nacional de cuidados. Los CECUIDAM incorporan alimentación, transporte, terapia física, terapia ocupacional, atención psicológica, estimulación cognitiva, apoyo nutricional, y espacios de convivencia, permitiendo que las personas permanezcan vinculadas a sus comunidades y mantengan su autonomía el mayor tiempo posible.
Lo que inició como un plan piloto se convirtió rápidamente en una experiencia transformadora. Más de 1.100 personas adultas mayores participaron en los primeros centros implementados en distintas regiones del país. Los resultados mostraron mejoras significativas en funcionalidad, autonomía y actividades de la vida diaria, así como una disminución de síntomas depresivos y un fortalecimiento del sentido de pertenencia y de las redes de apoyo comunitarias. Los hallazgos confirmaron algo que parecía evidente, pero que pocas veces habíamos logrado demostrar: combatir la soledad también es una política de salud pública.
Hoy, cuando los resultados de los CECUIDAM son presentados en espacios internacionales dedicados a las ciudades y comunidades amigables con las personas mayores, considero que el mayor logro no son las cifras ni los reconocimientos.
El mayor logro es haber demostrado que existe una alternativa entre el abandono y la institucionalización.
Los CECUIDAM fueron concebidos para que las personas puedan seguir viviendo donde han construido su historia, rodeadas de sus comunidades, sus amistades y sus afectos.
Pero también representan algo más grande.
Constituyen la primera piedra de una nueva visión nacional sobre envejecimiento, cuidados y bienestar. Una visión que puede transformar la forma en que Costa Rica enfrenta el mayor cambio demográfico de su historia.
Si algo aprendimos de los hospitales, de España y de historias como la de don Efraín, es que el desafío del envejecimiento no consiste únicamente en vivir más años.
Consiste en construir comunidades capaces de acompañarnos durante esos años.
Los CECUIDAM fueron concebidos como ese primer paso.