Carta abierta de un evangélico

Mario Aguilar, periodista.

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Durante días me resistí a escribir estas líneas. Estaba seguro, y hoy lo estoy aún más, de que estas palabras no les agradarán a muchos.

Desde hace casi tres décadas me ha tocado trabajar en un ambiente político. Como asesor, procuro no ser adulador ni complaciente.

Hace algún tiempo escribí una especie de manual para cristianos que incursionan en la política. Lo hice para desafiar, porque estoy convencido de que nadie debería recibir un voto únicamente por declararse cristiano.

Se debería votar por sus capacidades, su conocimiento y la coherencia entre lo que predica, dice y hace. Sí, soy evangélico. Sí, soy conservador. Pero me avergüenza la forma en que algunos líderes evangélicos han utilizado la política, no para generar transformaciones profundas, sino simplemente para alcanzar posiciones de poder, sin dejar un verdadero legado.

Me avergüenza que se utilice la Biblia como escudo detrás de una fachada de aparente rectitud, construida con discursos cargados de miedo, desinformación y odio; como si alguien pudiera apropiarse de la perfección y dividir el mundo entre “los buenos” y “los pecadores”.

Me entristece que a las víctimas de acoso sexual no se les defienda y que, aun así, se continúe predicando sobre valores y principios, olvidando que la integridad es uno de ellos.

También duele saber que las denuncias y los escándalos que han involucrado a algunos líderes evangélicos han opacado el enorme aporte que miles de creyentes realizan cada día por este país.

Hay miles de voluntarios evangélicos rescatando personas de las calles, alimentando al hambriento, visitando pacientes en hospitales y acompañando matrimonios en crisis.

Miles de hombres y mujeres de corazón sincero, sirviendo a Dios y a su prójimo. Amando, ayudando y haciendo, muchas veces en silencio, lo que ni siquiera el Estado alcanza a hacer.

Por eso no escribo estas líneas desde el resentimiento ni desde la distancia. Las escribo precisamente porque soy parte de esta comunidad. Porque creo que la fe no se defiende cerrando los ojos ante los errores, sino teniendo la valentía de reconocerlos y corregirlos.

El evangelio nunca ha necesitado privilegios políticos para transformar vidas. Lo que necesita son hombres y mujeres íntegros, capaces de vivir aquello que predican. El mejor testimonio no se construye desde el poder, sino desde la coherencia